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domingo, 20 de abril de 2014

El insomnio vencido









Satisfacciones

P: ¿Por qué tanta gente está satisfecha con cosas vanas y estúpidas? Seguramente debería ser obvio que hay objetivos superiores a hacer dinero, participar en juegos, o tratar de ser famoso, por ejemplo.

R: La gente solo puede hacer lo que puede hacer en un momento determinado. Puede que tengan que esperar hasta que las circunstancias les permitan tener mejores objetivos. 

Hay una historia acerca de esto, que puede tener un paralelo en el mundo familiar:


EL REMEDIO

Un insomne se dirigió a un doctor devoto en busca de consejo:
- Memorice oraciones, y manténgase levantado durante toda la noche repitiéndolas -dijo el médico santo-.
- ¿Y curará eso mi insomnio?
- No, pero dejará de molestarle.


I. Shah
El buscador de la verdad. 
Barcelona: Kairós; 1988.




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Desde luego, este sugerente texto no es una fórmula magistral contra el insomnio sino una metáfora. Una metáfora que representa cómo el insomne, presa de su angustia por no dormir, se enfrasca en interminables batallas con su almohada, tratando infructuosamente de hallar al sueño oculto entre los pliegues de sus sábanas arrugadas. Es un principio elemental que en casos de insomnio primario, psicofisiológico, actuando así el sueño inevitablemente huirá, esquivo, inasible; mientras que si el insomne se aboca a alguna tarea que no sea excitante sino más bien parsimoniosa o hasta de cierto tedio, gradualmente, y en el momento menos pensado, el sueño acudirá, balsámico y lenitivo. (Aquí se habla de oración, pero puede ser una lectura aburrida, como la guía telefónica, o alguna otra actividad a propósito: calceta, crucigrama, sudoku, numismática). La ansiedad del perseguidor del sueño ahuyenta a Morfeo: combátase la ansiedad del insomne -combate, claro está, que debe librarse antes y más allá de la mera prescripción medicamentosa- y seguramente Morfeo se acercará poco a poco al que padece agripnia.

Pero el insomne, batallando con la almohada y obteniendo precisamente todo lo opuesto a aquello por lo cual insensatamente lucha, es también una metáfora de tantos que vamos por doquier como sonámbulos, buscando por extraviados rumbos aquello que quisiéramos encontrar en la vida: tranquilidad, bienestar, sosiego, afecto, para acabar apretando entre los dedos una hipoteca, las llaves de un auto, una póliza de seguros y... el insomnio: esa pesadísima metáfora. 

Se valora al sueño solamente cuando lo perdemos y recién lo echamos en falta, mientras tanto descuidamos completamente su higiene y su preservación, dormimos desprolijamente, nos colmamos de malos hábitos y sustancias excitantes y aún así queremos que no se resienta el don invalorable de Morfeo. Pero su falta gravosa nos advierte que anduvimos desaprensivos con nuestra naturaleza más primaria y apenas en este trance penoso de habernos reducido a insomnes, venimos a enterarnos que existe algo llamado "higiene del sueño".

Ahora, estirando la metáfora, cabría hablar de la higiene de la existencia, de la vida y nuestros vergonzantes bostezos....




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ENLACE:

- Oudinot P, Jagot P. El insomnio vencido. Barcelona: Editorial Iberia; 1972. (en Scribd).


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martes, 11 de febrero de 2014

No tema por Ud., Doctor, es una entrevista psiquiátrica solamente...






"El estudiante no debe tratar de imitar la imagen de Freud con un traje de doble pechera. Si el paciente dice un chiste y éste es bueno, ría con él. Si el paciente quiere saber algo acerca de Ud., de dónde proviene, si es casado y tiene hijos, respóndale. Es un  mito desdichado que las relaciones entre médico y paciente deben ser únicamente unilaterales, y que el paciente debe decirlo todo, y el médico nada. De manera no preocupada, y respetando siempre la dignidad del paciente, debe sentirse Ud. libre de decir quién es, tanto en los hechos que ponga de manifiesto como en la actitud que comunique.  Hay veces en que es apropiado -de hecho indicado- tocar al paciente en la mano o el hombro. Esto se percibirá como un acto "de falsedad" si Ud. es naturalmente reservado, por lo que quizá no deba efectuarlo; si este es el caso, no fuerce las cosas, pero nunca debe temer abrirse y ser humano. El contacto físico es un "fármaco" potente que, como cualquier otro, puede tener efectos colaterales de primer orden. Se requiere experiencia para saber cuándo tocar al paciente y cuándo no. Aún así, se ha escrito mucho sobre el psiquiatra como témpano de hielo: silencioso, frío, inflexible. Se sabe también que al paciente se le puede "tocar" de muchas maneras. La expresión comprensiva o el aspecto sincero de preocupación en su rostro pueden tocarlo a menudo con mayor profundidad que la mano de Ud.  sobre su hombro. Sea Ud. mismo. Cuando se comunique, ya sea mediante palabras o movimientos de las manos, déjese guiar por su respuesta a la pregunta; "¿Estoy haciendo esto por mi paciente?"


Goldman HH. Psiquiatría general. 
México: Manual Moderno: 2001. p. 151. 



El Goldman  fue uno de mis primeros -hoy viejos- libros de psiquiatría al principiar la residencia psiquiátrica. No recuerdo luego que nunca ninguno de mis maestros me haya enseñado esto aparentemente tan sencillo, aparentemente tan justo. Y es irónico lo muertos de miedo que vamos tantas veces a la entrevista psiquiátrica los propios psiquiatras, con nuestra ridícula pedantería destinada a esconder nuestra ignorancia, con nuestra irrisoria arrogancia que impide el encuentro real y auténtico de dos seres humanos -mientras nos apresuramos a escribir una receta llena de psicofármacos-.







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sábado, 31 de agosto de 2013

Frases de la consulta psiquiátrica






El padre de familia que espeta, tras enterarse de que su hijo adolescente consume drogas: "¡Pero a mi hijo nunca le ha faltado nada!"

El padre de familia que espeta, tras enterarse de que su hija adolescente ha tenido un aborto clandestino:  "¡Pero a mi hija nunca le ha faltado nada!"

Por supuesto que les ha faltado, aunque no lo decimos con violencia, pero les ha faltado un padre. Cosas materiales no les faltó desde luego: buen colegio, vacaciones en el extranjero, todos los dispositivos electrónicos y cibernéticos y el carro y la casa y el club... Pero ese hijo o hija es un huérfano y el más terrible de todos: es un huérfano de padres vivos...

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El familiar que beligerantemente reclama que el usuario o paciente "no pone de su parte"... 

Pero quien más puede poner de su parte es el que no ha enfermado -le decimos-, nadie escoge enfermar o estar sano... Pero el que queda "sano" sí puede escoger cuánto  "pone de su parte"...

***

Cuando el usuario refiere que no cuenta sus cosas a nadie - mientras la evidencia sanciona que tener amigos de confianza es antidepresógeno- le decimos: "pero mira, acabas de contarle tus cosas a un extraño, ¿no?"

Contar las cosas no porque te arreglen tus problemas tus amigos o porque tengas que confesarlo todo, pero convertir pensamiento en palabra... es muy útil, de ser protagonista a ser testigo, catarsis y anagnórisis...

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Nunca olvidamos felicitar al usuario por acudir al psiquiatra: vencer tanto estigma y prejuicio es un paso enormemente valiente, preñado de riesgos, sin duda, y que ya de por sí muestra que el usuario ha decidido recobrar un sentimiento de autoeficacia... Por supuesto, si quiere hablar de sus pastillas o sus pruebas lo detenemos velozmente porque: "lo más importante no son sus pastillas, no, lo más importante es hablar de Usted..."


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martes, 23 de noviembre de 2010

'Menosprecio de los bienes externos': L. A. Séneca






Palacio de Claudio Marcelo, en Córdoba, ciudad natal de Lucio Anneo Séneca. (skyscrapercity)


"Mis palabras se dirigen a los imperfectos, a los medianos y a los dolientes, no al sabio. Éste no debe andar tímidamente y tanteando el terreno; es tal su confianza en sí mismo, que no duda en salir al encuentro de la fortuna ni le cede nunca el paso. Y en verdad no tiene porqué temerla, ya que no sólo los esclavos, las posesiones y las dignidades, sino también su propio cuerpo, sus ojos, sus manos, todo aquello que hace la vida agradable y aun todo su mismo ser, es para él cosa precaria y vive como prestado a sí mismo y dispuesto a devolverlo todo sin tristeza en cuanto se lo reclamen. Y no se menosprecia porque sepa que no se pertenece, antes al contrario, es en todos sus actos tan diligente y circunspecto, como un hombre religioso y formal suele guardar lo que se le confiara. Así que se le mande devolverlo, no se quejará de la fortuna, sino que dirá: 'Te doy las gracias por todo aquello que poseí. Cierto es que he conservado tus bienes a mi costa; pero, pues tú lo mandas, te lo cedo agradecido y voluntarioso. Si quieres que siga guardando alguno de tus bienes, lo conservaré; mas, si dispones otra cosa, te restituiré toda la plata labrada y acuñada, mi casa y mis esclavos'. Y si la naturaleza, nuestra primera acreedora, nos llamare, le diremos: 'Recibe mi alma mejor de cómo me la diste; no retrocedo ni me escabullo; voluntariamente pongo a tu disposición lo que entregaste a un inconsciente: tómalo'."

"¿Qué mal hay en volver allí de donde viniste? Mal vivirá quien no sepa morir bien. Esta es la primera cosa a que hay que rebajar el precio, contando la vida entre lo que menos vale. Como dice Cicerón, vemos con malos ojos aquellos gladiadores que a todo trance quieren defender su vida; aplaudimos, en cambio, a aquellos otros que hacen gala de despreciarla. Debes saber que a nosotros nos sucede lo mismo, y que a menudo el miedo a morir es causa de la muerte.  La misma fortuna, que también tiene sus juegos, dice: '¿Para qué guardarte, animal dañino y cobarde? Ya que no sabes ofrecer tu cuello, serás más herido y traspasado; en cambio, tú, que esperas animosamente el cuchillo, sin volver la cabeza ni forcejear, vivirás más tiempo y morirás más pronto'. Quien temiere la muerte, no obrará nunca como hombre vivo; pero quien supiere que la muerte le espera desde que fue concebido, vivirá según este pacto, y al mismo tiempo, con igual fortaleza de su ánimo, logrará que no le sorprenda ningún acontecimiento. Porque, considerando toda cosa posible como si en realidad hubiera de realizarse, mitigará el choque de todos los males, que no suponen nada nuevo a quien los aguarda prevenido, y, en cambio, resultan gravosos a quienes vivían seguros y esperando sólo felicidades."

"Existen las enfermedades, el cautiverio, la ruina, los incendios; pero ninguna de estas cosas me sorprende, porque ya sabía en qué tumultuosa compañía me había encerrado la naturaleza. ¡Tantas veces he oído llantos en mi vecindad; tantas veces pasó delante de mi puerta, precedido de hachas y antorchas, un entierro prematuro; tan a menudo oí junto a mi casa  el estruendo de un edificio que se derrumba; la noche se llevó a tantos de los que el Foro, el Senado o el trato amistoso habían ligado conmigo; tantas manos unidas de compañeros separó el hacha del lictor!  ¿Cómo he de admirarme si alguna vez me acosan los peligros que siempre vagaron a mi alrededor? Los más de los hombres se embarcan sin pensar en la tempestad. Nunca tendré reparo en citar a un autor malo, si la frase es buena; Publilio, más vehemente que los autores trágicos y cómicos cuando abandonaba sus estúpidos sainetes y los chistes destinados al peor vulgo, dijo entre otras frases, más fuertes no sólo que las de los cómicos, sino aun que las de los trágicos:

'A todos puede suceder lo que puede suceder a alguno.'

"El que guardare en su médula esta sentencia y considerase todos los males ajenos, que todos los días se multiplican, como capaces de alcanzarle  libremente, se armaría mucho antes de ser atacado; puesto que cuando los peligros han pasado es ya demasiado tarde para disponer el ánimo y arrostrarlos. 'No creí que esto hubiera de suceder', y '¿hubieras creído que algún día pudiera suceder?'. ¿Y por qué no? ¿Qué riquezas hay que no acompañe la pobreza y el hambre y la mendicidad? ¿Qué honores, cuya toga pretexta, bastón augural o calzado patricio, no vayan seguidos de impurezas, señales de infamia, mil manchas y, en fin, el desprecio definitivo? ¿Cuál es el reino que no tiene preparada la caída, la degradación, el usurpador y el verdugo? Y estas alternativas no están separadas por grandes intervalos, sino que basta el espacio de una hora para pasar del solio a postrarse ante las rodillas del otro."

"Sepas, pues, que toda situación es mudable y que cuanto ocurrió a otro puede también ocurrirte a ti. Eres rico; ¿acaso más que Pompeyo? Sin embargo, a éste, cuando Cayo, antes cuñado suyo y luego su huésped, le abrió la casa de César para que cerrara la suya, le faltaron el pan y el agua. Poseyendo tantos ríos que nacían y desembocaban en sus propiedades, se veía obligado a mendigar el agua a gotas, y murió de hambre y de sed en el palacio de su cuñado, mientras su heredero le pagaba, a él hambriento, unos funerales públicos. Llegaste a la cumbre de los honores; ¿por ventura son tan altos o tan inesperados o tan extensos como los de Sejano? El mismo día en que le escoltara el Senado, fue despedazado por el pueblo, y de aquel hombre a quien los dioses y los hombres habían colmado de felicidades no quedó nada en qué hacer presa el verdugo. Eres rey; no te mentaré a Creso, que vió encenderse y apagarse la pira de su suplicio, sobreviviendo no sólo a su reino sino también a su muerte; ni a Yugurta, a quien el pueblo romano, el mismo año en que le había temido, le vio pasar encadenado. Hemos contemplado a Tolomeo, rey de África y Mitrídates, de Armenia, en las cárceles de Cayo Calígula; el uno fue luego desterrado, el otro deseaba ser libertado con mayor seguridad. Si en medio de semejantes vaivenes, subidas y descensos de la fortuna, no tienes por posible en lo futuro todo lo que puede acontecer, das a la adversidad una fuerza que le quitarías si previeras esa posibilidad."





Lucio Anneo Séneca (4 a.C - 65) Filósofo y funcionario romano. Imprescindible precursor de los actuales libros de autoayuda -sobre todo Plato, not Prozac!- El presente texto es extraído de su obra "De la tranquilidad del alma."


ENLACE:

- De la brevedad de la vida, de Séneca, en Biblioteca Virtual Andalucía.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

'Healing Psychiatry - Bridging the Science / Humanism divide' - por David Brendel








La psiquiatría de hoy está desgarrada por puntos de vista contrapuestos: ¿es fundamentalmente una ciencia del funcionamiento cerebral o un arte comprensivo de la mente humana en el marco de su contexto cultural y social? La división entre lo científico y lo humanístico podría parecer espuria y fácil la respuesta que pretenda amalgamar ambas perspectivas. Sin embargo, corremos el peligro de perpetuarnos en lo meramente declarativo si es que este sincretismo no logramos plasmarlo en  nuestra praxis diaria.

'Healing Psychiatry -  Bridging the Science / Humanism divide' (MIT Press, 2006) es un libro que intenta esbozar una propuesta para tal desafío. David Brendel, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Harvard y que adicionalmente ostenta un doctorado de filosofía, apoyándose en la doctrina del pragmatismo filosófico de Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey, argumenta que no existe una obvia y patente escisión entre  la ciencia objetiva y el humanismo subjetivo: la ciencia no puede ser sino una práctica humanista desde el momento en que es desarrollada por seres humanos con el fin de servir a la existencia humana;  así, el pragmatismo desafía el presupuesto de una división  entre lo objetivo / subjetivo  resaltando el factor humano en toda investigación y en los intentos de alcanzar la naturaleza objetiva de los fenómenos.  En ese tenor, Brendel resume su postulado de manera breve -y muy práctica- en cuatro letras 'P', que implican el reconocimiento de:

1. Las dimensiónes Prácticas de toda investigación científica;

2. La naturaleza Plural de los fenómenos estudiados por la ciencia y de las herramientas empleadas a tal fin;

3. El rol Participativo de múltiples individuos con perspectivas distintas en los procesos ineludiblemente interpersonales de la investigación científica (incluyendo, claro está, la participación de los pacientes);

4. El carácter flexible y Provisional de toda explicación científica.

Desde luego, como toda fórmula, ésta tiene varias limitaciones pero capta los aspectos salientes del pragmatismo filosófico en su aplicación a la psiquiatría: la primera P (de práctica) enfatiza la insistencia del pragmatismo en considerar las consecuencias de todo concepto, más allá de cualquier abstracción o teorización carente de efectos en nuestra experiencia ordinaria. La segunda P (de pluralista) hace hincapié en que el pragmatismo, más que una teoría, es un enfoque que valora cualquier herramienta tendiente a incrementar el conocimiento y al logro de mejores cambios en la experiencia cotidiana. Aquí también se apunta al principio de que inusualmente los fenómenos de estudio pueden ser agotados por una única y excluyente perspectiva. La tercera P (de participación), se deriva de los conceptos anteriores por cuanto es imprescindible un colectivo de participantes que garantice una multiplicidad de perspectivas; y la cuarta P (de provisional) reconoce que en un mundo complejo y siempre cambiante, muchos de nuestros conocimientos, hoy firmemente establecidos, pueden ser susceptibles de cambios a medida que conozcamos más y nuevos eventos ocurran.

El libro es breve y se deja leer. Desde luego, su título es ya una urgente invocación a la que ningún psiquiatra debiera sustraerse.  



ENLACES:

- Comentario del libro en el American Journal of Psychiatry.

- Comentario del libro en Metapsychology Online Reviews.

- Descarga de 'Healing Psychiatry -  Bridging the Science / Humanism divide' (DepositFiles)



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jueves, 16 de septiembre de 2010

La ansiedad y el perro que ladra pero no muerde






Recién leíamos en World of Psychology una entrada titulada What NOT to Say to Someone With Panic Disorder (que traducimos como 'Lo que no hay que decir a alguien con crisis de pánico' aunque literalmente no se alude a la crisis de pánico sino en general al trastorno de pánico). Y es que sin duda, durante la crisis misma de pánico, sobre todo si ésta se suscita en la primera consulta, no será muy sencillo iniciar un abordaje psicoterapéutico sino probablemente en las posteriores.

Todos sabemos que la crisis de pánico es un paroxismo de miedo intenso que alcanza ribetes de certeza respecto a inminente muerte, con un aterrador correlato de taquicardias, sudores, tremores, urgencias miccionales, hormigueos, mareos y otras pavorosas señales que convencen al desafortunado que la sufre de que el infarto, el derrame o la rotura aneurismática -o algo tal vez más temido, la inevitable pérdida de la razón- están ya aquí, antes de voltear la esquina, aquí mismo.

Por supuesto, las sensaciones experimentadas son reales y no imaginarias, pero el pensamiento que las interpreta como indicadores de muerte hacen que la ansiedad llegue a extremos cataclísmicos y engendre más y más ansiedad en un penoso e inescapable círculo. Al final, el asunto no va más allá: más miedo y más miedo y más miedo, pero nada más que miedo y solamente miedo.   (Hasta podría ensayarse un retorcido juramento luego en la terapia: sentir el miedo, nada más que miedo y solamente el miedo, no las temidas contrapartes 'somáticas' tan catastróficas, pero ya estamos dando un salto antes de tiempo).

Lamentablemente estas personas y sus molestias son frecuentemente mal diagnosticadas y mal tratadas en diversos servicios de salud. Desde el desconsolador e injusto "Ud. no tiene nada", enunciado tras una rápida evaluación electrocardiográfica por un joven médico que tiene que ver para creer, hasta las inacabables peregrinaciones por especialistas de diversa laya, cada quién más afanoso de pedir estériles exámenes auxiliares pues también comulgan con el ver para creer: como consecuencia el paciente, quien empezó solamente ansioso, acabará probablemente hipocondriaco, deprimido, agorafóbico, cuántas cosas quizás, pero sí ineludiblemente frustrado y confundido.

Sin afán de hacer psicoterapias a base de tips, quiero evocar una metáfora que leímos en un libro cuyo título se nos escapa, pero que era de notable factura. Aquí hela: "La ansiedad es como el perro que ladra pero no muerde". Vamos, como aquel perrillo bullanguero que nos sale al encuentro tras cualquier verja y ladra y ladra cual fiero mastín: si uno huye amedrentado, el perrillo nos perseguirá más, envalentonado y amenazante; pero si le damos altanera frente, huirá medroso y apocado -fin del perrillo-.

La metáfora, por su carga descriptiva y raigambre en la experiencia cotidiana, suele ser bien acogida por los ansiosos sufrientes pues seguramente les provee de un sentido estructurado a su experiencia desopilante (ya luego, si uno se permite engreimientos, meterá a la serotonina en el cuento, pero ello es del todo prescindible).

En términos psicológicos obvios: la evitación aumenta el miedo; afrontar el miedo -aunque pueda sonar arduo- es lo necesario. El evitar al estímulo generador de miedo simplemente agigantará al miedo; darle cara, en cambio, lo menoscabará. Ni más ni menos.

Como una anécdota que debe referirse, señalamos la existencia de una errata que se deslizó en el libro citado: era la sugerencia del corrector al autor para que analice la pertinencia estilística de incluir la metáfora refranesca que aludimos, aquella que compara a la ansiedad con el perro que ladra pero no muerde. Imagínense. (Por ventura ¿desmerece a un texto médico tal licencia o siempre es más elegante apelar a serotoninas y lactatos cuando se habla de pánico?)

No podemos culminar sino apelando al buen decir que consigue a su vez un buen entender, imprescindible en asuntos como estos de salud y enfermedad. Desde esta discretísima entrada, vaya un saludo de homenaje al magisterio de Don Arturo Goicoechea, neurólogo de polendas cuyas entradas, dada la diferencia horaria que media de Sudamérica a España, nos anuncian la alborada literal y metafórica, pues más claro y luminoso no puede ser él cuando desmitifica esotro cuco somático que en todas partes campea amedrentador: la migraña.




ENLACE:


- El blog del Dr. D. Arturo Goicoechea.


domingo, 15 de agosto de 2010

Un consultorio psiquiátrico no tiene obligadamente que ser...







No, no se trata de apabullar al recién llegado a la consulta con definiciones y compromisos. Buen rato lleva 'romper el hielo' que trae el paciente -o cliente, o usuario- desde la época geológica en que empezó a considerar ir al psiquiatra y el momento definitivo de la consulta presente. Pero uno puede intuir la concepción que se trae a la consulta e ir morigerándola, dándole perspectiva.

Un repetido consejo amical o familiar dado a quien va al psiquiatra es: "tienes que contárselo todo para que te pueda ayudar". El paciente ansioso, anancástico, se angustia: ¿hasta las refistolerías sexuales?, ¿incluso las menudencias de entrecasa?, ¿los entresijos más íntimos?  Si se aprecia el tartamudeo que precede a esta cuita se puede calmar al paciente invitándole a que se fije que no estamos en un confesionario: si es importante, que mencione lo que crea pertinente, si no, ya habrá oportunidad más adelante. La confianza de la relación médico-paciente seguramente lo facilitará -ojalá-.

Se suscita también con frecuencia la acusación -abierta o encubierta-, el señalamiento, la enzarzada búsqueda del culpable de la depresión, del culpable de la psicosis, del culpable de la neurosis. Clima tenso, por cierto, sea que estén presentes los inculpados o, lo que puede ser peor, parezca que el psiquiatra detenta el rol de acusador. Distiende el clima rogar que los presentes se fijen que no nos hallamos en una comisaría y menos en un juzgado. Ya se abordará el tema de la 'culpabilidad' en el momento propicio.

Ya Shem ha afirmado que: "...los pacientes no toman su medicación en el cincuenta por ciento de los casos, (...) la única razón por la que la toman es la buena relación que tienen con su médico."  Y dado el extendido juicio que estipula que los psiquiatras sólo recetan pastillas, no está demás aclarar a la persona que nos está consultando que no es así necesariamente -y no por el chiste fácil de que a veces recetamos ampollas, vaya-.  Pero sobre todo en la circunstancia en que se ha prescrito alguno, además de las orientaciones generales sobre la prescripción, puede ser lenitivo aclararle al paciente que aún si no se cumple la medicación, el médico no se va a enojar, que son pastillas y no hostias. No son sagradas. Ni debe desanimarse de acudir a su cita posterior por el sólo hecho de no haber cumplido la indicación. Aquí va bien comentar que no hay una máquina dispensadora de pastillas en el consultorio -siempre y cuando uno no se haya convertido en eso, claro está-.


sábado, 12 de junio de 2010

El muchacho que no tenía TDAH del adulto








Un esmirriado estudiante universitario de 21 años de edad acude a la consulta. Se le nota inquieto, tenso, urgido. Las preguntas iniciales de la entrevista, introductorias, destinadas a 'romper el hielo', parecen impacientarlo más. Tamborilea con los dedos sobre su muslo, un botón de su camisa es estrangulado cada veinte segundos. Al grano:

- Un amigo médico me recomendó un test y he salido positivo. Tengo TDAH.

Me muestra una hoja. La recibo y guardo silencio unos instantes sin mirarla aún. Contemplo su rostro angustiado. TDAH: Trastorno por déficit de atención e hiperactividad.

- ¿Y cómo así llegaste a aplicarte ese test?

Parece incomodarse ante la pregunta: eso no es lo importante, me dice su rictus. Sólo espera de mí una receta, me parece entrever.

Le explico que un test no es un instrumento diagnóstico como tantas veces suele pensarse y le felicito por haber buscado una orientación profesional. Le explico también que necesito conocerlo un poco más a fin de tener una idea de quién es él y en quién se ha suscitado la idea de que era necesario dicho test.

Él me explica, dejando respirar al fin el botón desfalleciente de su camisa, que ha bajado su rendimiento académico, siempre desde la primaria él coleccionaba cartones-diploma y ahora no alcanzar semejante performance lo agobia. Su mente vagabundea y rumia preocupaciones mil, su memoria se esfuerza en retener acumulativamente como estilaba antes, se autorreprocha y dentro de esos autorreproches precisamente se halla el ser 'distraído', y dentro de sus aprensiones, el que indiscutiblemente tendría TDAH.

¿Alguna vez ha consumido drogas? Nunca. Indago sobre datos de impulsividad y hallo solamente compulsividad flagrante, prevalente, omnímoda en este buen muchachote en trance de adultez.  Desde pequeño ha sido un escolar modelo, derrochador de agradabilidad, apreciado por profesores y, pese a cierta timidez, poseedor de buenos amigos. ¿Problemas legales? Ninguno, nunca. ¿Entorno familiar? Nada en especial salvo el compartido anancasmo. No veo por dónde el supuesto TDAH. Esa supuesta distraibilidad suya no tiene que ver con el cuco del TDAH. Le explico cómo y porqué.

Ha cesado su tamborileo y noto que va distendiéndose mientras me cuenta que su pasatiempo favorito es la lectura y que ahora tiene entre manos 2666, de Bolaño. Detectives salvajes no ha leído aún, y  le comento que ambas novelas están en internet pero que es poco práctico leer semejantes librotes en una pantalla, y sonrío.  Empiezo a resumir mis impresiones, ahuyento al cucote, nos reímos al leer esa hoja doblada que es su test -cualquier persona aprensiva podría dar un alarmante positivo en ese test y en otros, incluyéndome también-. Ahora él sonríe. Le planteo una explicación abarcativa de lo suyo. Globalmente, no tan sólo su malhadada 'distraibilidad' -más bien un estilo inseguro y reasegurador de asumir ciertos contenidos mentales.

Al final, reiterando y abundando en los malabarismos de los dichosos tests y el TDAH del adulto y en la insidiosa ansiedad que puede corroernos y sorprendernos pese a que forma nuestra naturaleza y llegar hasta a desmoralizarnos un poquitín tantas veces - o un pocotón-, le digo que estoy llano a escuchar su opinión mientras compruebo con una rápida mirada que su botón ha sobrevivido. Lo oigo:

- Doctor -me dice- le creo...

Luego el trámite final, las formalidades de rigor, el retorno a los roles estereotipados y previsibles. Ha terminado la consulta.

Estremecido pienso cuánto, cómo es cada vez más inusual que un paciente a un psiquiatra le diga eso.


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- Dos sorprendentes tests

miércoles, 5 de mayo de 2010

( R + C ) x L = Depresión







Galatea de las esferas (1952), óleo de Dalí.


No, no es una fórmula matemática artificiosa o apabullante. No. R no es receptor neuronal alguno ni C representa ninguna novedosísima molécula peptídica aislada de secretas neuronas. Es simplemente una ecuación que es expuesta de manera amable y comedida por un psiquiatra en un recomendable artículo que he atesorado hace tiempo entre mis rumas de papeles y deseo hoy traer a colación. La fórmula extendida es así:

(Resentimiento + Culpa) x Lástima =


Depresión


Antes de comentar la fórmula, debo confesar que en verdad me sentí extrañado al escribir los adjetivos 'amable', 'comedido', 'sencillo' en el párrafo anterior: parecía que no hablase de un psiquiatra o de un artículo psiquiátrico. Tal parece que nos hubiésemos condenado arrogantemente los psiquiatras a hablar sólo de aspectos supuestamente 'duros' de la medicina en el sentido de datos objetivos, verificables, indiscutibles; léase sinapsis, cromosomas, neurobiología...  Mucho de engreimiento por el juguete vistoso ahí asoma,  fascinación ante el prestigio de lo sofisticado, "confianza en el anteojo, no en el ojo", como bien decía Vallejo.

Es de ver cómo ante la pregunta inocente del paciente por la causa de su depresión nos socorremos en la serotonina, en los genes, en misteriosos arcanos indescifrables e inaccesibles. 'Mejor no hubiese preguntado', se dirá nuestro paciente. Ay, cuánta necesidad de un explicador para semejantes explicaciones...

Ciertamente lo que el autor del artículo pretende no es una fórmula sino la metáfora de una fórmula, no pretende rigor absoluto ni alude a los cuadros melancólicos severos con claro componente neurobiológico -allí está, saltó otra vez la palabreja-. El colega nos habla de su experiencia cercana y humana, de los casos que más frecuentemente vemos en el quehacer diario -y a los que tantas veces con diligencia digna de mejor causa endilgamos un antidepresivo ipso facto y más nada-, el artículo pretende ser diáfano y didáctico y de hecho que lo logra.

La culpa, el resentimiento, la lástima... vivencias tan autóctonas de la cotidiana vida. Y el artículo en mención se luce en una revista de título inmejorable: Psiquiatría Pública.

Pública. Como debe ser siempre.


Enlace:


- De la Villa JM. Una fórmula psicoterapéutica para la distimia. Psiquiatría Pública 2000; 12: 55-64.


jueves, 22 de abril de 2010

Apuntes






REVISAR el rol del antidepresivo como objeto sacro, partícipe de la transferencia del paciente ante el rol del terapeuta como figura de autoridad: 'si no tomo la tableta mejor no retorno a consulta'... Desacralizar el fármaco, enfatizar que el médico no se va a enojar si no se 'cumple' con la pastilla, que de todas maneras el médico seguirá allí, con o sin pastilla...

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EL MOMENTO en que el colega o profesionista de éxito -que ha llevado a su hijo adolescente a consulta-  se entera intempestivamente que el hijo consume drogas o que la virginal hija ya no lo es. Su conmovedora barricada, su penosísimo argumento: 'Doctor, pero a mi hijo nunca le ha faltado nada...' 

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LA SENCILLEZ con que se confunde entre tantos pacientes -y terapeutas- 'ser fuerte' y ser 'de hierro': invulnerable, indoblegable, sin fisuras, sin debilidad alguna, sin resquicios de fragilidad o de indefensa víscera.

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EL APRESURAMIENTO en indicar el medicamento como recurso mágico para la certeza o la certidumbre del terapeuta pero también como inevitable fuente de posterior recelo y alejamiento del paciente: propiciar mas bien la duda, el cuestionamiento, la amplitud. No iniciar el antidepresivo en la primera consulta. Iniciar mejor la apertura...

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EL GRAVE instante en que inusitado paciente preguntón abandona su consuetudinaria postura pasiva y lanza la interrogante del millón: '¿Por qué, Doctor, ahora nos deprimimos más? No sólo yo, todos...' Parquedad de la explicación, insolvencia de la argumentación acostumbrada, apocamiento...

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EEEEEEEHHHHH.....

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DE LA DIFICULTAD de escribir la historia de la psicoterapia. De la facilidad de escribir alguna historia de los psicofármacos.

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ESTA módica costumbre de (re) descubrir la pólvora.

Pero la imprescindible necesidad de avistar la posible deflagración en cada consulta, en cada paciente, en cada ser, en cada día...


miércoles, 7 de abril de 2010

A propósito de Rayuela y Cortázar






Portada de la primera edición de Rayuela (1963) de Editorial Sudamericana (Bs. As. Argentina)



Recientemente me ha sido permitido evocar al genial Julio Cortázar (1914-1984) y a Rayuela, novela fundamental.

Desde el deslumbramiento suscitado en el primer escarceo de su lectura siendo un chicuelo, aquella evocación me ha acompañado siempre pero no había recordado, se me había olvidado de algún modo, no sé cómo,  que su inolvidable protagonista Horacio Oliveira, había terminado su itinerario trabajando en un manicomio.

Rayuela, desde su aparición, fue un libro polémico. Inicialmente el autor había pensado en un título más pretencioso y distante para el lector: Mandala, que en el budismo suele ser un dibujo segmentado en múltiples compartimientos en que debe concentrarse la atención y gracias al cual se facilita y estimula el cumplimiento de una serie de etapas espirituales. La rayuela -en mi distante infancia de Trujillo del Perú la llamábamos 'Mundo'- se juega con una piedrecilla y consiste en pasar a través de las sucesivas casillas trazadas en el suelo, desde la Tierra (abajo) hasta el Cielo (arriba), sin que la piedra salga del dibujo. Entonces la rayuela es otra manera de llegar pero sin la solemnidad del mandala.

En Rayuela, Cortázar propone la comprobación del absurdo de la existencia y de la situación precaria del hombre en un mundo fragmentario y caótico. Por tanto, emerge la necesidad de recuperar el paraíso perdido, de un centro que devuelva sentido a la existencia junto con una visión totalizadora de la realidad. Rayuela es una novela fragmentaria, quiere mostrarnos que sólo la Gran Costumbre nos hace captar a los hombres y sus actos por medio de una noción definida; en cambio, cuando se enfoca desde otras dimensiones todo se descompone en fragmentos. Como el mismo autor reconoció, él había enfrentado "en términos de novela lo que otros, los filósofos, se plantean en términos metafísicos; es decir, los grandes interrogantes". O, como señalaba D. Shaw, la novela "postula la existencia de varias realidades parciales de las que nosotros escogemos una para instalarnos cómodamente en ella y no pensar más".

Reducida a mero esquema argumental, Rayuela narra el proceso de desintegración de Horacio Oliveira, un intelectual cuyos mecanismos racionales lo mantienen al margen de la vida, de su horror y su belleza. La acción se sitúa primero en París y luego en Buenos Aires. Mediante cortes abruptos, inflexiones del lenguaje y monólogos interiores, el grupo de personajes que rodea a Oliveira va dando cuenta de su aventura, de su desesperado intento de aferrarse a la autenticidad de la vida. (Cito a Carmen de Mora Valcárcel, catedrática de la Universidad de Sevilla y redactora del fascículo introductorio de Rayuela en la recordada colección Historia de la Literatura Latinoamericana de Editorial Oveja Negra, en cuyos tomos de encuadernación verdosa leí la novela).

Me he permitido transcribir fragmentos de un par de capítulos de Rayuela, donde Oliveira, junto a Traveler y Talita, su pareja de amigos en Buenos Aires, entran a trabajar en el manicomio cuyos nuevos propietarios son Ferraguto y su esposa, la Cuca. La escena es de la transferencia de posesión del sanatorio cuando los pacientes deben firmar un acta de consentimiento. El texto huelga de más prolegómenos.


50

(...)

De un par de frases del documento había inferido que la clínica se componía de planta baja y cuatro pisos, más un pabellón en el fondo del patio-jardín. Lo mejor sería darse una vuelta por el patio-jardín, si encontraba el camino, pero no hubo ocasión porque apenas había andado cinco metros un hombre joven en mangas de camisa se le acercó sonriendo, lo tomó de una mano y lo llevó, balanceando el brazo como los chicos, hasta un corredor donde había no pocas puertas y algo que debía ser la boca de un montacargas. La idea de conocer la clínica de la mano de un loco era sumamente agradable, y lo primero que hizo Oliveira fue sacar cigarrillos para su compañero, muchacho de aire inteligente que aceptó un pitillo y silbó satisfecho. Después resultó que era un enfermero y que Oliveira no era un loco, los malentendidos usuales en esos casos. El episodio era barato y poco promisorio, pero entre piso y piso Oliveira y Remorino se hicieron amigos y la topografía de la clínica se fue mostrando desde adentro, con anécdotas, feroces púas contra el resto del personal y puestas en guardia de amigo a amigo. Estaban en el cuarto donde el doctor Ovejero guardaba sus cobayos y una foto de Mónica Vitti, cuando un muchacho bizco apareció corriendo para decirle a Remorino que si ese señor que estaba con él era el señor Horacio Oliveira, etcétera. Con un suspiro, Oliveira bajó dos pisos y volvió a la sala de la gran tratativa donde el documento se arrastraba a su fin entre los rubores menopáusicos de la Cuca Ferraguto y los bostezos desconsiderados de Traveler. Oliveira se quedó pensando en la silueta vestida con un piyama rosa que había entrevisto al doblar un codo del pasillo del tercer piso, un hombre ya viejo que andaba pegado a la pared acariciando una paloma dormida en su mano. Exactamente en el momento en que la Cuca Ferraguto soltaba una especie de berrido.

-¿Cómo que tienen que firmar el okey?

-Cállate, querida -dijo el Dire-. El señor quiere significar...

-Está bien claro -dijo Talita que siempre se había entendido bien con la Cuca y la quería ayudar-. El traspaso exige el consentimiento de los enfermos.

-Pero es una locura -dijo la Cuca muy ad hoc.

-Mire, señora -dijo el administrador tirándose del chaleco con la mano libre-. Aquí los enfermos son muy especiales, y la ley Méndez Delfino es de lo más clara al respecto. Salvo ocho o diez culias familias ya han dado el okey, los otros se han pasado la vida de loquero en loquero, si me permite el término, y nadie responde por ellos. En ese caso la ley faculta al administrador para que, en los periodos lúcidos de estos sujetos, los consulte sobre si están de acuerdo en que la clínica pase a un nuevo propietario. Aquí tiene los artículos marcados -agregó mostrándole un libro encuadernado en rojo de donde salían unas tiras de la Razón Quinta-. Los lee y se acabó.

-Si he entendido bien –dijo Ferraguto-, ese trámite debería hacerse de inmediato.

-¿Y para qué se cree que los he convocado? Usted como propietario y estos señores como testigos: vamos llamando a los enfermos, y todo se resuelve esta misma tarde.

-La cuestión –dijo Traveler-, es que los puntos estén en eso que usted llamó periodo lúcido.

El administrador lo miró con lástima, y tocó un timbre. Entró Remorino de blusa, le guiñó el ojo a Oliveira y puso un enorme registro sobre una mesita. Instaló una silla delante de la mesita, y se cruzó de brazos como un verdugo persa. Ferraguto, que se había apresurado a examinar el registro con aire de entendido, preguntó si el okey quedaría registrado al pie del acta, y el administrador dijo que sí, para lo cual se llamaría a los enfermos por orden alfabético y se les pediría que estamparan la millonaria mediante una rotunda Birome azul. A pesar de tan eficientes preparativos, Traveler se emperró en insinuar que tal vez alguno de los enfermos se negara a firmar o cometiera algún acto extemporáneo. Aunque sin atreverse a apoyarlo abiertamente, la Cuca y Ferraguto estaban-pendientes-de-sus-palabras.

51

Ahí nomás se apareció Remorino, con un anciano que parecía bastante asustado, y que al reconocer al administrador lo saludó con una especie de reverencia.

- ¡En piyama! -dijo la Cuca estupefacta.

- Ya los viste al entrar -dijo Ferraguto.

- No estaban en piyama. Era más bien una especie de...

- Silencio -dijo el administrador -. Acérquese, Antúnez, y eche una firma ahí donde le indica Remorino.

El viejo examinó atentamente el registro, mientras Remorino le alcanzaba la Birome. Ferraguto sacó el pañuelo y se secó la frente con leves golpecitos.

- Esta es la página ocho -dijo Antúnez-, y a mí me parece que tengo que firmar en la página uno.

- Aquí -dijo Remorino, mostrándole un lugar del registro-. Vamos, que se va a enfriar el café con leche.

Antúnez firmó floridamente, saludó a todos y se fue con unos pasitos rosa que encantaron a Talita. El segundo piyama era mucho más gordo, y después de circunnavegar la mesita fue a darle la mano al administrador, que la estrecho sin ganas y señaló el registro con un gesto seco.

- Usted ya está enterado, de modo que firme y vuélvase a su pieza.

- Mi pieza está sin barrer -dijo el piyama gordo.

La Cuca anotó mentalmente la falta de higiene. Remorino trataba de poner la Birome en la mano del piyama gordo, que retrocedía lentamente.

- Se la van a limpiar en seguida -dijo Remorino-. Firme, don Nicanor.

- Nunca -dijo el piyama gordo -. Es una trampa.

- Qué trampa, ni que macana -dijo el administrador -. Ya el doctor Ovejero les explicó de qué se trataba. Ustedes firman, y desde mañana doble ración de arroz con leche.

- Yo no firmo si don Antúnez no está de acuerdo -dijo el piyama gordo.

- Justamente acaba de firmar antes que usted. Mire.

- No se entiende la firma. Esta no es la firma de don Antúnez. Ustedes le sacaron la firma con picana eléctrica. Mataron a don Antúnez.

- Andá traelo de vuelta -mandó el administrador a Remorino, que salió volando y volvió con Antúnez. El piyama gordo soltó una exclamación de alegría y fue a darle la mano.

- Dígale que está de acuerdo, y que firme sin miedo -dijo el administrador -. Vamos, que se hace tarde.

- Firmá sin miedo, m'hijo- le dijo Antúnez al piyama gordo -. Total lo mismo te la van a dar por la cabeza.

El piyama gordo soltó la Birome. Remorino la recogió rezongando, y el administrador se levantó como una fiera. Refugiado detrás de Antúnez, el piyama gordo temblaba y se retorcía las mangas. Golpearon secamente la puerta, y antes de que Remorino pudiera abrirla entró sin rodeos una señora de kimono rosa, que se fue derecho al registro y lo miró por todos lados como si fuera un lechón adobado. Enderezándose satisfecha, puso la mano abierta sobre el registro.

- Juro -dijo la señora-, decir toda la verdad y nada más que la verdad. Usted no me dejará mentir don Nicanor.

El pijama gordo se agitó afirmativamente, y de pronto aceptó la Birome que le tendía Remorino y firmó en cualquier parte, sin dar tiempo a nada.

- Qué animal -le oyeron murmurar al administrador-. Fijate si cayó en buen sitio Remorino. Menos mal. Y ahora usted, señora Schwitt, ya que está aquí. Marcale el sitio Remorino.

- Si no mejoran el ambiente social no firmo nada- dijo la señora Schwitt-. Hay que abrir las puertas y ventanas al espíritu.

- Yo quiero dos ventanas en mi cuarto -dijo el piyama gordo-. Y don Antúnez quiere ir a la Franco-Inglesa a comprar algodón y qué se yo cuantas cosas. Este sitio es tan oscuro.

Girando apenas la cabeza, Oliveira vio que Talita lo estaba mirando y le sonrió. Los dos sabían que el otro estaba pensando que todo era una comedia idiota, que el piyama gordo y los demás estaban tan locos como ellos. Malos actores, ni siquiera se esforzaban por parecer alienados decentes delante de ellos que se tenían bien leído su manual de psiquiatría al alcance de todos. Por ejemplo ahí, perfectamente dueña de sí misma, apretando la cartera con las dos manos y muy sentada en su sillón, la Cuca parecía bastante más loca que los tres firmantes, que ahora se habían puesto a reclamar algo así como la muerte de un perro sobre el que señora Schwitt se extendía con lujo de ademanes. Nada era demasiado imprevisible, la causalidad más pedestre seguía rigiendo esas relaciones volubles y locuaces en que los bramidos del administrador servían de bajo continuo a los dibujos repetidos de las quejas y las reivindicaciones y la Franco-Inglesa. Así vieron sucesivamente cómo Remorino se llevaba a Antúnez y al piyama gordo, cómo la señora Schwitt firmaba desdeñosamente el registro, cómo entraba un gigante esquelético, una especie de desvaída llamarada de franela rosa, y detrás un jovencito de pelo completamente blanco y ojos verdes de una hermosura maligna. Estos últimos firmaron sin mayor resistencia, pero en cambio se pusieron de acuerdo en querer quedarse hasta el final del acto. Para evitar más líos, el administrador los mandó a un rincón y Remorino fue a traer a otros dos enfermos, una muchacha de abultadas caderas y un hombre achinado que no levantaba la mirada del suelo. Sorpresivamente se oyó hablar otra vez de la muerte de un perro. Cuando los enfermos firmaron, la muchacha saludó con un ademán de bailarina. La Cuca Ferraguto le contestó con una amable inclinación de cabeza, cosa que a Talita y a Traveler les produjo un monstruoso ataque de risa. En el registro ya había diez firmas y Remorino seguía trayendo gente, había saludos y una que otra controversia que se interrumpía o cambiaba de protagonistas; cada tanto, una firma. Ya eran las siete y media, y la Cuca sacaba una polverita y se arreglaba la cara con un gesto de directora de clínica, algo entre Madame Curie y Edwige Feuillère. Nuevos retorcimientos de Talita y Traveler, nueva inquietud de Ferraguto que consultaba alternativamente los progresos en el registro y la cara el administrador. A las siete y cuarenta una enferma declaró que no firmaría hasta que mataran al perro. Remorino se lo prometió, guiñando un ojo en dirección a Oliveira que apreciaba la confianza. Habían pasado veinte enfermos, y faltaban solamente cuarenta y cinco. El administrador se les acercó para informarles que los casos más peliagudos ya estaban estampados (así dijo) y que lo mejor era pasar a cuarto intermedio con cerveza y noticiosos. Durante el piscolabis hablaron de psiquiatría y de política. La revolución había sido sofocada por las fuerzas del Gobierno, los cabecillas se rendían en Luján. El doctor Nerio Rojas estaba en un congreso de Amsterdam. La cerveza, riquísima.

A las ocho y media se completaron cuarenta y ocho firmas. Anochecía, y la sala estaba pegajosa de humo y de gente en los rincones, de la tos que de cuando en cuando se asomaba por alguno de los presentes. Oliveira hubiese querido irse a la calle, pero el administrador era de una severidad sin grietas. Los últimos tres enfermos firmantes acababan de reclamar modificaciones en el régimen de comidas (Ferraguto hacía señas a la Cuca para que tomara nota, no faltaba más, en su clínica las colaciones iban a ser impecables) y la muerte del perro (la Cuca juntaba itálicamente los dedos de la mano y se los mostraba a Ferraguto, que sacudía la cabeza perplejo y miraba al administrador que estaba cansadísimo y se apantallaba con un almanaque de confitería). Cuando llegó el viejo con la paloma en el hueco de la mano, acariciándola despacio como si quisiera hacerla dormir, hubo una larga pausa en que todos se dedicaron a contemplar la paloma inmóvil en la mano del enfermo, y era casi una lástima que el enfermo tuviera que interrumpir su rítmica caricia en el lomo de la paloma para tomar torpemente la Birome que le alcanzaba Remorino. Detrás del viejo vinieron dos hermanas del brazo, que reclamaron de entrada la muerte del perro y otras mejoras en el establecimiento. Lo del perro hacía reír a Remorino, pero al final Oliveira sintió como si algo se le rebalsara a la altura del bazo, y levantándose le dijo a Traveler que se iba a dar una vuelta y volvería en seguida.

- Usted tiene que quedarse- dijo el administrador-. Testigo.

- Estoy en la casa -dijo Oliveira-. Mire la ley Mendez Delfino, está previsto.

- Voy con vos -dijo Traveler-. Volvemos en cinco minutos.

- No se alejen del precinto -dijo el administrador.

- Faltaría más -dijo Traveler-. Vení, hermano, me parece que por esta lado se baja al jardín. Que decepción, no te parece.

- La unanimidad es aburrida -dijo Oliveira-. Ni uno solo se le ha plantado al chalecudo. Mirá que la tienen con la muerte del perro. Vamos a sentarnos cerca de la fuente, el chorrito de agua tiene un aire lustral que nos hará bien.

- Huele a nafta -dijo Traveler-. Muy lustral en efecto.

-En realidad, ¿qué estábamos esperando? Ya ves al final todos firman, no hay diferencia entre ellos y nosotros. Ninguna diferencia. Vamos a estar estupendamente acá.

-Bueno -dijo Traveler-, hay una diferencia, y es que ellos andan de rosa.


(...)"


Será propicia la oportunidad para retornar a Rayuela y reencontarnos con ese destino similar al del mismo Oliveira y presentido en aquella lectura de la infancia: acabar trabajando en un hospital frenopático como ahora.

Por cierto, la motivación para este recuerdo de Rayuela ha sido el excelente ensayo sobre la novela y su significación heurística en el plano psicoterapéutico por el Dr. José García-Valdecasas, psiquiatra de las Islas Canarias, de quien habíamos enlazado antes un valioso artículo, y presentado en en el descollante blog amigo Saltando Muros. A ambos expresamos las gracias por esta vivificante experiencia que deseamos compartir..


Nuestro querido cronopio.


jueves, 18 de febrero de 2010

Gimnasio anti-depresión (en línea)







Anduve explorando este sitio, sobre todo a raíz de recientes entradas acerca del rol de internet en la salud mental. Y además a partir de una carta de un estudiante de medicina que atravesaba un cuadro de depresión y de experiencias cercanas al respecto, muy prontas y cercanas.

Sin duda internet ofrece dentro de su vastedad valiosas e inimaginadas oportunidades como ésta: psicoterapia online. Y ya que no hay gimnasios para bajar de peso en línea, los hay sí para la dinámica de la psique, para corregir las pasmadas autoestimas, los sedentarios autoconceptos, los rollizos y traicioneros complejillos, ejercicios ni comparables ni etéreos como los espirituales de Ignacio de Loyola, qué duda cabe, pero novedosos en su presentación y valiosos en su temática, asequibles y cercanos, invitadores y amigables. Claro que sí...

A ver: y uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos...


Enlaces:

- Mood Gym, desde The Australian National University.

- J Grohol (Psy D.) desmenuza una iniciativa alemana similar: Deprexis.


Otras entradas relacionadas en el blog:




sábado, 30 de enero de 2010

'Saltando muros' - un novedoso blog de salud mental





" Yo tengo que saltar los muros :
los muros de los prejuicios,
los muros de la indiferencia,
los muros de las malas interpretaciones,
los muros de lo que es un manicomio..."




C.R.





Tenerife es una de las siete islas Canarias, archipiélago constituído cual Comunidad Autónoma de España y ubicado frente a las costas de Marruecos. De los diversos y distantes puntos del globo que sentimos tan cerca a través del ciberespacio, las Islas Canarias ocupan un lugar especial por los buenos amigos canarios que hemos conocido a través de la actividad del blog. Por eso nos resulta hoy aún más grato resaltar el blog 'Saltando muros', iniciativa nacida en el servicio de psicología de la Unidad de Hospitalización de Subagudos del antiguo Hospital Psiquiátrico de Tenerife, conocido actualmente como el Área Externa de Salud Mental del Hospital Universitario de Canarias.



Recientemente comentábamos acerca de la utilidad potencial de las bitácoras electrónicas como forma de 'terapia' en personas con diversos problemas de salud. El blog 'Saltando muros' es un palmario ejemplo de cuán valioso puede resultar dicho recurso tecnológico: sin confundir el derecho a la confidencialidad con el secretismo fomentador de estigma, en Saltando muros' pueden hallarse los testimonios y confidencias, además de las obras gráficas y videos producidos en sus talleres, que diversas personas en tratamiento en el Área de Salud Mental del Hospital de Tenerife comparten. A la vez que lugar de encuentro mutuo entre ellos, a la vez que para los familiares y los amigos, el blog 'Saltando muros' es un medio psicoeducativo donde los profesionales a cargo ofrecen información sobre el trabajo que realizan, reflexiones sobre las experiencias cotidianas y además pertinentes datos sobre problemas diversos de salud mental.


Árbol de la vida, de P.G.A.


Un lugar en el Atlántico, collage de pacientes del taller de pintura.


Los testimonios de las personas que participan en el blog como pacientes son por demás elocuentes: 'A. (tiene) ganas, por fin, de hacer algo a su alta como apuntarse a un curso de informática y así familiarizarse con el ordenador que ahora apenas entiende'; 'D. (insiste) tanto en que el blog "le hace sentirse persona".' Por otro lado 'los padres de C. (han) dicho que su hijo llevaba mucho tiempo sin interesarse por la lectura, la escritura y por casi nada y que el blog le ha devuelto la ilusión y ahora escribe y va a todos lados con un libro en la mano.'


Aves en el cubo, de J.E.R.

Muñecas en el jardín, de J.M.P.

En otro testimonio conmovedor podemos leer: 'M., a pesar de su tristeza, (dice) mientras sube las escaleras hacia la planta que "esto del blog sí que la pone contenta". '

Hay una capacidad contagiante de entusiasmo en esta experiencia novedosa y que no lleva más que dos meses inaugurada aunque con prometedoras proyecciones. Revisar cada una de las entradas ofrece al lector una tonificante muestra de trabajo grupal, de sensibilidad y capacidad expresiva, de motivación y pujante vitalidad en la labor emprendida.

Desde todo punto de vista, la experiencia de 'Saltando muros' merece reportarse y emularse. Ojalá entre nosotros tengamos pronto proyectos similares de rehabilitación en salud mental. Felicitaciones a los colegas y amigos canarios por esta iniciativa de polendas.





 Hippies, de P.A.B.

Ligue en el parque, por D.R.A.