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viernes, 12 de julio de 2013

El suicida - J. Watanabe































EL SUICIDA


Su decisión de desaparecer en una fosa común
nos produjo un extraño horror.

Antes de envenenarse, había destruido
y arrojado por el inodoro de un hotel desastrado
su documento de identidad. Quería ser un cuerpo
nunca nacido para el Estado.
Pero sus huellas digitales, como a los asesinos,
lo delataron.
Es él, dijimos todos, y rescatamos su cuerpo
de la comunidad de vagabundos y prostitutas
que nadie reclama
y que dormían en la fosa envueltos en cal viva.

Ah nuestra piedad medrosa que nos cura en salud
en el cuerpo de otros.

Después de todo
la cal estaba haciendo un buen trabajo:
le evitaba el escandaloso olor de la muerte.






José Watanabe
La piedra alada, 2005






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lunes, 13 de mayo de 2013

El fuego









EL FUEGO

En la esquina más distante del pampón
Se ha levantado el montículo
Nunca hemos sabido quién lo inicia
Pero otra vez
Se ha hinchado y
Cubierto de moscas y un día
Todos corremos a contemplar el fuego
Que con sus mudas lenguas rojas
Nos llama desde el ancestro
No hay ningún rito
Pero asistimos a la quema del basural
Con la seriedad de la infancia que
Presencia el tránsito asombroso
De la materia convirtiéndose en ceniza y
El olor a podredumbre en densa
Humareda que lentamente alcanzaba
Las estrellas
Era una hoguera enorme que ardía en las pupilas
Y en los cabellos y la piel el olor
Del humo iba de vuelta
Con nosotros al hogar
A su candelita de cocina a querosén que
Enlutaba de tizne la sala-cocina-comedor de mamá
Haciéndola renegar que
“Su papá es un muerto en vida”
Hasta la hora de irnos a dormir
Desde mi cama
Pensando que nunca sabríamos quién
Renovaba  el cerro de basura
Redivivo siempre sobre la ceniza muerta
Yo atisbaba insomne el postrer humo de
La hoguera al fondo
Del hueco de la ventana
Y el chirrido de la puerta de la calle
En medio de la alta noche
Me develó por fin el misterio:
Aterido, con una fétida bolsa negra en brazos
Era papá quien
Salía a inaugurar el túmulo.



LCruzado 



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viernes, 28 de septiembre de 2012

Apuntes para poemas







Hay un momento de la vida donde toda conversación cotidiana con una figura cercana e importante (padre, madre, cónyuge, etc.) llega a restringirse a "¿Qué tal tu día?" - lo cual, en muchos casos, ya es bastante-.

Pero ya no, pero ya nunca:

- "¿Qué tal fue tu infancia, hijo?"

- "¿Cómo pasaste tu adolescencia, hija?"

- "Querida, ¿cómo estamos tras tantos años juntos?"




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¿Cómo despertar a quien sueña despierto?



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Un colega rotante de la especialidad de Urgencias y Desastres, tras su stage en la Emergencia Psiquiátrica, hizo una aguda observación acerca de la naturaleza de la profesión psiquiátrica:

"El psiquiatra es el médico que no corre" -nos dijo, conceptuoso-.



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Junto al Instituto Nacional de Salud Mental se ubica el Hospital Cayetano Heredia y más allá unas clínicas y luego una universidad de prestigio: en esta larga vereda en forma de L, en distintos amaneceres, aparecen abandonados hombres o mujeres que padecen trastornos mentales severos. A ellos comúnmente los conocemos entre nosotros como "locos".

Probablemente los familiares que allí los dejan son personas caritativas que, análogamente como hace siglos sucedía en santuarios o ermitas de fama piadosa donde se entregaban a los enfermos para que sean curados por la divinidad tutelar, hacen algo similar hoy. Claro que ya no hay divinidad tutelar pero creen que el Instituto de Salud Mental, en virtud de su rimbombante nombre, acogerá y atenderá a sus "locos", aunque se equivocan.

Entre estos desgraciados prójimos hay un señor sesentón y obeso que siempre ocupa el mismo lugar en la vereda -de noche duerme entre los arbustos resecos del jardín- y solicita limosna aunque tenga galletas y gaseosas a su alrededor que los alumnos de la universidad le dejan; el común de gentes discurren presurosas a su lado y lo ignoran mientras él estira su pedigüeña mano.

Lo mismo hacía yo ayer aunque alcancé a distinguir en su lenguaje farfullante, ya casi rebasándolo, que este señor me preguntaba la hora, no me pedía limosna: sólo me preguntaba la hora.

Cuando volteé cariacontecido para decírsela él ya miraba para otro lado.



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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Mi escena primaria








En la terminología psicoanalítica llámase "escena primaria" a la, real o imaginada, circunstancia en que el niño es testigo del coito de sus padres. Se reputa a esta visión usualmente como traumática y nuclear en el devenir del desarrollo del individuo. Siempre según la teoría psicoanalítica, el coito sería interpretado por el niño como una agresión del padre a la madre dentro de una relación sadomasoquista: a su vez, dicho suceso provocaría una excitación sexual en el niño que al mismo tiempo le inocularía un germen de angustia. Pero no cualquier angustia sino el mismísimo temor a ser castrado.

Por cierto, o no recuerdo a mis padres en semejante -para ellos- goloso trance o reprimida albergo mi escena primaria en los entresijos hipocampales. Sea como fuese, sublimadora como siempre la poesía a mí acude:



cuerpo anterior

El arco iris atraviesa a mi padre y a mi madre
Mientras duermen. No están desnudos
Ni los cubre pijama ni sábana alguna
Son más bien una nube
En forma de mujer y hombre entrelazados
Quizás el primer hombre y la primera mujer
Sobre la tierra. El arco iris me sorprende
Viendo correr lagartijas entre los intersticios
De sus huesos y mis huesos viendo crecer
Un algodón celeste entre sus cejas
Ya ni se miran ni se abrazan ni se mueven
El arco iris se los lleva nuevamente
Como se lleva mi pensamiento
Mi juventud y mis anteojos.





Por supuesto, la represión, ese piadoso olvido, es lo más probable. Habiendo transcurrido los primeros años de mi vida  arracimado con dos hermanos en la alcoba de mis padres, imposible sería no haber percibido ese resoplido ahogado que trata de no ser sino de parecer. Quizá mis propios somniloquios precipitaron la interrupción cautelosa, la abreviación del goce, la premura del disimulo. Pobre padre, pobre madre. Tras las largas jornadas diarias para que nada nos falte, extenuados y deseosos de no estarlo, mirando el reloj mientras su quisquilloso vástago no se dormía cual si intuyese edípicamente algo, calculando si valía ya la pena, si no era mejor aprovechar unos minutos más de sueño en vez de dedicarse a improvisar arcoíris desvaídos.

Tal vez inquieto por dichos repetidos simulacros de escena inconclusa y por mi frustrante incapacidad de espiar en vela, solía aventurarme en los armarios y la cómoda materna, escrutador de percudidas lencerías, de desvencijados portaligas, impotente y resignado voyeur de naftalina y de gaveta. Algo buscaba, algo sospechaba en su ira Edipo mientras los días de Layo y de Yocasta se consumían entre privaciones y discordias.

En aquellos procelosos merodeos accedí al cajoncillo con llave del velador de mi madre: entre papeles antiguos y revoltijo de envoltorios -¿qué escondían?-, encontré lo que sería mi escena primaria: una píldora -pero no la anticonceptiva-, aunque de hecho, había sí un disco giratorio que hablaba de cierto ritmo y que yo malentendí por un método para hacer rítmicos los movimientos -¿pero cuáles?-.

La píldora que hallé venía en un tubito metálico, liso y frío, duro de abrir y donde las pastillitas no tenían el confite colorado de otras que eran para la alergia y que yo lamía hasta que se acababa el dulce y escupía el resto. Éstas no, éstas eran amargas desde el principio. Su envase estaba rotulado con grandes letras que rezaban Ansiopaz.

Mamá tomaba estas pastillas. O sea que mamá ansiaba paz. Y esas pastillas le daban paz.

No ha sido fácil y no sé cuánto haya podido resolver mi complejo de Edipo enfrentado no a mi padre sino a un tubo de benzodiazepinas.


cuerpo enamorado


Miro mi sexo con ternura
Toco la punta de mi cuerpo enamorado
Y no soy yo que veo sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el remanso y ríe
Amo el espejo en que contemplo
Mi espesa barba y mi tristeza
Mis pantalones grises y la lluvia
Miro mi sexo con ternura
Mi glande puro y mis testículos
Repletos de amargura
Y no soy yo que sufre sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el espejo y llora




NB: Los poemas son de nuestro amado poeta Jorge Eduardo Eielson.



ENLACE:


- La escena primaria de nuestro flamante Premio Nobel Mario Vargas Llosa según su amigo psicoanalista Max Silva Tuesta: Vargas Llosa y la 'escena originaria'. LIBERABIT. 2007; 13: 79-88. (PDF)


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-Eielson.

viernes, 21 de mayo de 2010

Las flores







Mi infancia tenía un florero
Lleno de flores de plástico
Que no tenían raíces
Ni daban fruto
Y cuya primavera era el día 
En que las limpiaban
Con un trapo
Todos los días florecían y
También todas las noches
Hasta que se agrietaron amarillas
Y sus almas de oxidado alambre
Asomaron por los tallos
Entonces mamá las mudó
Del florero al basurero
Donde por última vez florecieron
Y así me di cuenta que ellas
No eran flores de verdad
Aunque tampoco eran de mentira
Eran
Simplemente 
Flores.


Publicado en El Men. s/n. s/f..

domingo, 18 de octubre de 2009

Psicosis, onirismo, estrellas







Carátula de Metrópolis N° 16


Estos días han sido pródigos en actividad del blog pero sobre todo por parte de los distinguidos amigos lectores que nos han dispensado sus interesantes comentarios. Ahora, mientras languidece el fin de semana y no se decide a principiar la primavera, queremos compartir el hallazgo de esta hoja de poesía editada en México y llamada Metrópolis.



Un par de poemas nos han sorprendido por su calidad y la fuerza evocativa de contingencias psicopatológicas. No necesariamente los poetas han pretendido tales connotaciones pero al leer sus versos nos sobrecogen ramalazos de psicosis, de fenómenos oníricos, de poesía al fin.


NATURALEZA MUERTA

 Hubo noches
En las que buscaba
Con un cuchillo de cocina
El origen de las voces
Aterrorizada
Con el rostro amoratado
Y revuelto

Hubo noches
En las que hacía barricadas
Para que no me asesinara
Abriéndome lentamente

Hubo noches
En las que me golpearon tanto
Que caí al suelo
Con un diente destrozado
Y la cabeza rota
Como una granada hirviendo

Hubo noches
Sin dinero
Sin cortes profundos

Caminando por la carretera
Con la boca sangrando
Los ojos perdidos

El rostro blanco
Resplandeciente

Entre los reflectores
De los automóviles





Gladys González, Chile, 1981.



UN SUEÑO

 Brama la noche por un valle de gaitas
Florecen circuitos bajo la piel

Tres mujeres
arrullan a un niño sintético
con música que escapó
de labios de un demente

Los maniquíes despiertan,
se quitan las piedras de los ojos
y miran el horizonte,
recuerdan el camino a casa

Ecos de motores cimbran las calles,
y una horda hambrienta disputa
por una luminosa miga de dios.





Hazzel Yen. México, 1987.



Al acercarse el nuevo día, a la diminuta ventana asomados y en un ángulo distante, atisbarse parecen inéditas estrellas.

jueves, 2 de julio de 2009

La Noche









Era mentira que uno enloqueciera

Y terminase arrancando chispas sin pedernal

Con la mano crispada

O que el pecador se consumiera

Acariciando soledades

En su palma repleta de pelos

Era mentira

Pues tras tantas lunas

La masturbación

No ha agrandado ni

Empequeñecido

Mi tristeza

Sólo a veces me

Despierta en

La oscuridad

La certidumbre de unas

Manchas azules

Que dejé afuera

Y aún resplandecen

En la noche.



Un inédito mío. Sabrán Uds. disculpar la sequía bloggeril. Ecce homo.







domingo, 21 de junio de 2009

Papá






Hace 40 años
cada mañana mi padre despertaba
para cambiar el mundo.

Ahora,
mi padre se levanta todas las mañanas
para regar en su
jardín las rosas.

Ahora él ya no tiene fuerzas
para golpearnos, y
tampoco las tiene
para
amarnos.
Pero un tiempo él nos amó has
ta
el hartazgo. También nos castigó.
Silenciosamente sonreía
-incluso
hablaba algunas veces-
e hizo muchas cosas en vano
y por nosotros.

Por todo esto,
seguramente cree él que yo
alguna vez
llevaré
hasta su tumba
las flores que ahora cuida.

Pero
se equivoca. 
Esas rosas son un sueño de viejo
simplemente.
Un delirio senil
de pétalos tiernos
e idiotas que
de maleza
inunda
la maceta rota
donde su
vida se marchita.

Si creo que hasta se
ha quedado
ciego.
Porque lo he visto penetrar en los jardines de la Muerte
con una 
tijera de podar inútil
en la mano.

Y ya no espera casi nada;
sólo aguarda que el sueño de sus rosas
florezca antes de
que él
se muera.

Hace
cuarenta años
-ya casi
cincuenta-
cada mañana
mi padre despertaba para cambiar
al mundo. 
Ahora
-en cambio- él todos los días se levanta
para regar en su jardín
las
rosas.

Algo ha cambiado en el mundo, por lo tanto.

Aunque tal
vez nunca en el jardín
lleguen a florecer las rosas.







Alusivo a la fecha, no pudimos resisitirnos a incluir este vergonzante poema nuestro, ya confinado en mejor lugar. En la imagen: el lírida y su progenitor, en distante mediodía trujillano.

martes, 3 de febrero de 2009









Poema


Como diminuto incendio de cabecita de fósforo
que dura sólo cinco
centímetros
y que no tiene derecho ni a víctimas ni a bomberos
ni a titulares
ni héroes
me siento

pero seguramente
se dirá
que la chispa
enciende la pradera

pues entonces
como fósforo calcinado carbonizado
negrito todo
perdido en medio de fuego abrasador
me siento

me siento
a esperar mi incendio.










martes, 6 de enero de 2009

Calateada




Poema


Hoy
alguien me llamó por la
espalda con una palmada:
mi mundo se agolpó de alegría,
sentí que mi vida
tomaba nuevo rumbo.
Después de años de vivir
arrinconado mirando pasar
a la gente,
alguien en

había reconocido a alguien.
En ese instante olvidé todo
lo malo que había sucedido,
la dicha subió de mis uñas
al corazón,
la felicidad me embriagó hasta
las orejas.
Cuando
volteé para abrazar al sin duda,
mi amigo
-cuando giré abrasado
de amor-
aquél balbuceó con rostro
extraño y
grave:
- Disculpe, lo confundí con un amigo.



Y se alejó.

 

Poema tomado de Este es mi cuerpo (Camión editores. Trujillo, 1996. 187 pp.).

Algo debía de haberme estado pasando cuando a los doce añitos escribía tales versículos cebolleros en vez de practicar otras manualidades más convenientes para dicha edad. El dudoso honor de la precocidad, compartido con ciertas demencias y ciertos eyaculadores, coronó mi testa. Será el bochorno del verano o la carencia de ideas para el blog lo que que me induce a semejante strip tease. Exégesis psicopatológicas, bienvenidas.