domingo, 25 de enero de 2009

Yo chambeo en Emergencias Psiquiátricas






Hace exactamente 942 días yo trabajo en el Departamento de Emergencia Psiquiátrica. Y pensar que cuando iniciamos nuestras labores no se nos avizoraba más de seis meses de aguante pues supuestamente acabaríamos huyendo, bañados en llanto, incapaces de soportar anímicamente los horrorosos entripados y desgarradores testimonios que nos tocaría escuchar en el ejercicio de nuestro trabajo. Quizá se supuso que seríamos agredidos física y verbalmente por los pacientes a manera de humanos punching ball y que eso nos amedrentaría prematuramente -de hecho, por suerte, ello ni siquiera ha pasado-. Tal vez se conjeturó que el trabajo en Emergencia es demasiado estresante, demasiado agobiante, demasiado exigente. Y de hecho que lo es... pero sólo a veces. A veces es "demasiado" y a veces es "demasiado poco". Uno nunca sábe cuándo será un día apacible y casi aburrido, ni cuando será el día del acabóse y el bolondrón. Y ahí seguimos dándole a la chamba hasta hoy, con un excelente equipo laboral que permite y facilita nuestro desenvolvimiento cotidiano... (en la foto soy el del extremo derecho, lástima que la cámara añada varios kilos de más).






Aunque la Psiquiatría de Emergencia aún no es una subespecialidad totalmente diferenciada y reconocida, existe en Norteamérica la American Association for Emergency Psychiatry y en Europa un capítulo exclusivo para este campo de la psiquiatría de urgencias, foros ambos que propugnan la delineación de su identidad y reconocimiento pleno.

El último reporte de la American Psychiatric Association (Task Force on Psychiatric Emergency Services) advertía que actualmente los servicios de Emergencia Psiquiátrica se han convertido en los puntos de demanda principales para el acceso a los servicios de salud mental e, inclusive, ante un contexto en que prima la desinstitucionalización, las estancias cortas de internamiento y altas precoces, además del énfasis en dar prioridad a la atención comunitaria, un enorme segmento de la población de pacientes psiquiátricos acaba siendo usuaria de los servicios de emergencia donde reciben la evaluación y tratamiento iniciales para luego ser referidos, con la lógica sobrecarga de los departamentos de Emergencia pues muchas veces estos pacientes se "eternizan" como usuarios de Emergencia por la ineficiencia de los otros servicios para dar solución real a sus problemas de salud.

En un sustancioso artículo sobre el psiquiatra de urgencias (1); Escobar, González y Schürch explicitan los requisitos necesarios para el desempeño de esta labor, no puedo resistirme a glosarlos:


1. Atracción por este tipo de trabajo

  • Elemental. Esa seductora mezcla de vocación de ayudar, de arreglar los problemas de la gente en medio de adrenalina y griterío de fondo, pero sin creerse nunca un héroe ni un santito.
2. Competencia para realizar una evaluación rápida y abreviada

  • Eso se aprende y es utilísimo para todo acto médico. Ir al grano, a la pepa, pero sin deshumanizar el vínculo.
3. Capacidad para soportar emociones y conductas desbordadas sin paralogizarse

  • O sea, sin rayarte. Sin llorar con el paciente que llora ni gritar con el que grita. Ser dueño de la situación y de tu persona en medio del vendaval.
4. Destreza y "maña" para discernir y fijar el nivel en que se desarrollará la intervención

  • Es decir, no "comerte" todo lo que te pasen sino saber orientar y derivar apropiadamente. De tu arsenal de recursos discernir cuál será el óptimo para todas las variables en juego en la atención correspondiente.
5. Preparado para intervenciones inhabituales en otros sitios


  • Entrevistar dentro de una combi, fuera de un taxi, en el pasillo, por teléfono, entre policías, entre bomberos, en el baño inclusive de ser necesario si un paciente se atrinchera y condiciona su salida.
6. Preparado para proceder en intervención de crisis y otros casos especiales

  • Una crisis familiar: ¿los inyectas a todos?, ¿internas a todos? ¿O llamas a un psiquiatra?
7. Disposición para desvincularse del paciente

  • No citar controles luego de un mes ni más de una cita, eso congestiona el servicio e impide atender las verdaderas urgencias. Los seguimientos, por consulta externa. No ceder a la fácil tentación de ser el "superdoctor."
8. Aptitud para tolerar frustraciones


  • No sólo de los pacientes, dado que ellos son los que deben ser comprendidos y ayudados. Sino a veces de personas más cercanas a nosotros, verbigracia, los responsables de perpetuar seis ridículas camas de emergencia en el Instituto para más de 3 millones de personas del cono norte de Lima.
9. Nivel de confianza en sus recursos terapéuticos


  • Mínimo, maestro. Sino acabaríamos, como en aquella frase tremenda atribuída a Vallejo: "llorando calatos sentados en el batán de la cocina".





No hay nada como que te agrade el reto del trabajo que haces: lidiar con la locura y la violencia y la desesperación y el suicidio a diario. O en su defecto, que tu chamba te llegue a gustar: 942 días no han pasado en vano. Y van a pasar muchos más. ¿Quién dijo que no íbamos a poder?




Referencia