viernes, 30 de enero de 2009

Prosas apátridas


Encuentro, presto hacia mi mano extendida, el diminuto ejemplar en rústica que birlé hace luengos años y con la infamante, crematística leyenda manuscrita en su cara posterior que reza: "alquiler 2.00". Hojeo sus escasas páginas y con moroso deleite paseo mi astigmatismo por su carátula de dorado matiz envejecido que detenta la foto de un juvenil y melenudo Ribeyro.



Hallo pronto en mi recuerdo el momento fugaz en que crucé escuetas palabras con Don Julio Ramón un par de años antes de su muerte, en una de esas premiaciones literarias y provinciales de mi vergonzante adolescencia, donde participó él como jurado de la lid. Alejado del bullicio, tratando vanamente de extraviarse entre el gentío de curiosos en la terraza de un hotel en la cálida noche chiclayana, con un terno que inevitablemente parecía quedarle grande desde que vivía gastrectomizado pero nicotinómano sin remedio, lo abordamos torpemente, reiterándole estereotipadas loas con farfullante y tímida voz. Advertimos entonces su sonrisa discreta, su tenaz vocación por el anonimato, su fugaz, inaudible verbo, antes de desvanecerse, filiforme y solitario, como el humo de su cigarrillo Marlboro.

Me detengo en la página 36 del volumen, gozoso releo, atento transcribo, aplicado tecleo:

La locura en muchos casos no consiste en carecer de razón sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias. El hombre, como leí en un cuento, que trata de clasificar a la humanidad de acuerdo a los más variados criterios (negros y blancos, negros altos y blancos bajos, negros altos flacos y blancos bajos gordos, negros altos flacos solteros y blancos bajos gordos casados, etc.) encontrándose así en la necesidad de formular una serie definitiva. Un hombre que vino a la Agencia para proponer algo aparentemente muy sensato: reunir a los grandes jefes de estado, al papa, al secretario general de la ONU, etc. en una Paella Universal en la que se resolverían amigablemente los problemas mundiales. Aquel otro que vino para informarnos que había presentado una demanda judicial contra la Unión Soviética para que devolviera a España el oro que se llevó durante la República. Su argumentación desde el punto de vista histórico y jurídico era inatacable, pero llevada a la práctica era un acto de demente.

Lo que diferencia este tipo de locura de la cordura no es tanto el carácter irracional de la idea incriminada sino el que ésta contenga en sí su propia imposibilidad. Los locos de esta naturaleza lo son porque han aislado completamente su preocupación del contexto que los rodea y no tienen en cuenta así todos los elementos de una situación o, como se dice, todos los imponderables de un problema. De allí que esta forma de locura tenga tantas similitudes con la genialidad. Los genios son estos locos más una cualidad: la de encontrar la solución de un problema saltando por encima de las dificultades intermediarias.



Desconcertado, mientras sigo hojeando el libro, entre pulgar e índice constato dos páginas que se obstinan en mantenerse adheridas, son la 136 y 137 con las que denodadamente lucho hasta que consigo separarlas: acezante advierto entonces su inédita presencia. Febrilmente leo, releo consternado:

La única manera de comunicarme con el escritor que hay en mí es a través de la libación solitaria. Al cabo de unas copas, él emerge. Y escucho su voz, una voz un poco monocorde, pero continua, por momentos imperiosa. Yo la registro y trato de retenerla, hasta que se va volviendo cada vez más borrosa, desordenada y termina por desaparecer cuando yo mismo me ahogo en un mar de náuseas, de tabaco y de bruma. ¡Pobre doble mío, a qué pozo terrible lo he relegado, que sólo puedo tan esporádicamente y a costa de tanto mal entreverlo! Hundido en mí como una semilla muerta, quizás recuerde las épocas felices en que cohabitábamos, más aún, en que éramos el mismo y no había distancia que salvar ni vino que beber para tenerlo constantemente presente.

Abrumado hundo mi cabeza entre las manos: allí están las páginas, allí estaban aguardándome, es lo que Ribeyro musitó esa noche y recién escucho conmocionado hoy. Asomo a mi propio abismo añorando la alucinación, pero verifico, desalentado, absoluta inexistencia y acongojada nostalgia de la comandatoria voz.