miércoles, 24 de diciembre de 2008

Un cuento de navidad




El paciente llegó sin nadie a la sala de emergencia. Lucía suspicaz y pálido. En el triaje no despegó los labios sino para reiterar “quiero hablar con el médico”, “no hablaré con Usted sino con el médico”. La enfermera no se hizo paltas y pasó la ficha rápidamente al consultorio pero el Dr. X aún no regresaba de su almuerzo en el Muky’s. Mientras el hombre esperaba sentado en una banca vimos que hojeaba un grueso cuaderno que traía cobijado en el sobaco.

̶ Éste soy yo.

El paciente mostró el dibujo de la tapa de su cuaderno. Era un monigote como los que dibujan los niños pero la cabeza, los brazos y las piernas, estaban hechas de alambritos. El hombre fue enfático en afirmar, mientras arrugaba la interconsulta que traía del Hospital Cayetano Heredia, que él mismo estaba hecho de alambres, compuesto totalmente de alambres que no lo dejaban dormir ni vivir.

̶ Éste soy yo –gimoteó otra vez-.




Nos contó que tenía años de tomar pastillas que lo hacían temblar y babear y no le habían ayudado nada. Los alambres seguían adentro de él, jode y jode. Hasta podían jalar la electricidad de los cableados entre los postes y de las líneas subterráneas y entonces los alambres vibraban excitados como miles de alfileres taladrándole las tripas. No sabía cómo habían llegado los filamentos dentro de su cuerpo ni quién los había puesto pero esperaba que no le recetáramos otra vez esas ampollas mensuales que lo torcían porque ningún médico le había explicado nunca cuál era su problema, sólo lo habían tratado como loco y ni siquiera le conversaban. El R1 rasgó discretamente una de las recetas que ya había escrito y la arrugó en una bolita.

El residente del Doctor X se dedicó entonces a escuchar al paciente sin interrumpirlo, parsimoniosamente, empatizando con él, sin prisas, sin mirar el reloj, implementando discretamente el empirismo colaborativo, la alianza terapéutica, percibiendo la remota música límbica del paciente, desplegando todo su arsenal psicoterapéutico y su capacidad persuasiva.

Luego de unos minutos el paciente -deteriorado y empobrecido y aplanado pero convencido-, se bajó diligentemente el pantalón -ante la enfermera- y ofreció su glúteo a la jeringa de Anatensol ®. El Jefe de Emergencia, que venía abotagado del cafetín, lo vio salir del Instituto con una sonrisa diferente, extraña, neotímica en los labios.

En el principio era el Verbo.

Y el Verbo habitó entre nosotros. (1,2)


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Referencias

1. Juan 1: 1.