jueves, 11 de diciembre de 2008

El enemigo secreto








Por estas fechas navideñas se traman a diestra y siniestra, en centros de estudio y de trabajo, los así llamados juegos "del amigo secreto". Consisten ellos -algunas veces heme visto implicado- en que, sorteados los participantes, deben luego remitirse misivas y regalitos anónimos, tarjetitas y golosinas, fruslerías y expresiones de camaradería y buenos deseos. Al final, remata la costumbre en el "intercambio de regalos", donde los participantes repiten sus espontáneas expresiones de asombro y regocijo al recibir las sorpresivas cajitas de chocolates y los inéditos, novedosísimos peluches -también existe una variante más crematística, donde previamente se tiene que publicar la lista de regalos apetecidos por cada uno e incluso fijar un precio mínimo, o sea, no sé si entiendes, eres mi amigo pero cómprame esto que yo quiero, ¿ok?-.

Lástima que no se introduzcan variantes al jueguito de marras, aunque sea por un añito. Y en vez de impostar trilladas frases de concordia y simpatía, se abran las compuertas del rencor y la inquina, se sinceren las tarjetitas con frases viscerales y lapidarias en vez de fingir o exagerar lo que no se siente, y se dé rienda suelta al agridulce y auténtico sabor de los afectos o al amargo regusto de las heridas supurantes en regalos inimaginables, imprevisibles. Será porque la gente / se quiere mucho / el día de navidad // ¿No?

Pero al menos una vez, una sola vez, qué divertido y catártico sería jugar al juego del enemigo secreto...