jueves, 22 de octubre de 2009

El área de Broca no ha dicho la última palabra




Estando en la palabra todo el misterio y toda la luz del mundo, tendríamos que hablar como encantados, como deslumbrados.
J Maragall




Como advierte Joan Maragall en su célebre Elogi de la Paraula (Elogio de la palabra), es un deslumbramiento lo que debiera presidir el ejercicio de nuestra capacidad de lenguaje y, desde luego, la virtualidad de poder comunicarnos unos con otros. Recientemente una experiencia que pudiese parecer diminuta y prosaica, añade una nueva vislumbre al conocimiento de la base biológica de nuestro lenguaje.




P. Broca


Como sabemos, Paul Broca (1824-1880) fue un médico francés que, guiado por sagaces observaciones clínicas y análisis de cerebros procedentes de autopsias, postuló en 1865 que un área de la corteza cerebral inferior y lateral del hemisferio izquierdo estaba encargada de la producción del lenguaje -en aquella época se asumía que las funciones superiores que definían al humano poseían todas el sustrato en la parte anterior del lóbulo frontal-.


El área de Broca.


Sin embargo desde aquella época pocos han sido los avances en el estudio fino del área de Broca: en primer lugar, el lenguaje no puede ser estudiado en modelos animales -obvio- y la reputada como omnipotente resonancia magnética consolida en imágenes la actividad de miles o millones de neuronas en periodos demasiado extensos como para discernir la sutileza de la actividad en el área de Broca: escoger el significado de las palabras, adecuarlas a una estructura sintáctica y traducirlas en lenguaje, todos estos procesos no se podían deslindar convenientemente hasta ahora.

En un artículo recientemente publicado en Science, un grupo de investigadores norteamericanos -entre ellos el renombrado psicólogo Steven Pinker- usaron técnicas de electrofisiología intracraneal para estudiar la actividad neuronal en el área de Broca en pacientes que incidentalmente estaban sometidos a evaluación antes de cirugía del cerebro. Los electrodos aplicados a la superficie cerebral permiten distinguir con gran facilidad actividad de diminutos grupos neuronales en milímetros de distancia y medirla en infinitesimales fracciones de segundo.

Así procediendo, el grupo de investigadores expuso a los pacientes a ver enunciados incompletos en una pantalla de computador, elegir mentalmente la estructura gramatical correcta -como conjugar el verbo correspondiente- y repetir mentalmente la frase.

Los tres momentos de actividad eléctrica correspondieron sucesivamente a la elección de significados (200 milisegundos), la elaboración gramatical correcta (320 milisegundos) y la elaboración fonológica (450 milisegundos), esto es, en total menos de medio segundo. Y todos los procesos se localizaron en el área de Broca: quedó así patente que el área susodicha no tiene el rol de producir únicamente el discurso verbal: ¡Don Paul habráse estremecido de regocijo en su catafalco!



Los tres procesos implicados en el área de Broca.



No se vea aquí un elogio reduccionista de la primacía biológica y menos un sahumerio de la mitología cerebral. Pero entender cómo a partir de la humilde y prosaica materia se esbozan los sustratos de la vida mental no es tarea sencilla. Mal hacemos entonces cuando exigimos del fisiólogo cerebral respuestas simples y rápidas para problemas complejos. Ese trozo de sustancia cerebral gelatinosa y fofa es el cúmulo de materia más compleja del universo conocido; quizá este poema de José Watanabe pueda graficar mejor nuestro perenne deslumbramiento.

SALA DE DISECCIÓN

Un cadáver puede provocar una filosofía del ensimismamiento,
sin embargo los estudiantes admirablemente
estaban entusiasmados con su muerto,
lo rodeaban
y discutían con fervor la anatomía de ese cuerpo de piel coriácea.
Yo aprendía otra lección:
la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.
Los estudiantes me previnieron
que iban a extraer el cerebro. Permanecí con ellos:
a veces soporto lo siniestro sin perturbarme demasiado.
No hay sofisticación instrumental para retirar un cerebro,
una modesta sierra de carpintero
cortó el cráneo a la altura de las sienes,
luego sumergieron el órgano mítico en un frasco lleno de formol.

Yo me dediqué a observarlo, solo, en otra mesa
mientras los estudiantes seguían cotejando su denso libro con el
muerto.
Sorpresivamente
una burbuja brillante brotó del interior del cerebro
como un mensaje venido de la otra margen,
y no había boca que lo pronunciara.
No había boca.
La burbuja, muda, se deshizo en ese aire levemente podrido.

2 comentarios:

Karen Morrison dijo...

Ese poema me encanta, recuerdo que escribí un cuento con el tema del poema y le añadi una linea del mismo. Ya lo subiré alguna ves a mi blog para que lo chekes jejeje.
Por lo que me doy cuenta estas muy bien informado de todo ehh. Y encima tienes tiempo para escribirlo jaja.
Bueno sigue escribiendo que yo siempre leo. UN beso
K.M.

Lizardo dijo...

Gracias Karen, en realidad, ahora con la Wikipedia y en general con la Internet, es relativamente sencillo impresionar como un erudito. Esperamos ver otros textos tuyos.
Saludos.