lunes, 8 de junio de 2009

Quemados







El síndrome de Burn-out es definido como una experiencia de agotamiento físico, mental y afectivo, causado por el involucramiento a largo plazo en situaciones que que son emocionalmente demandantes. Fue descrito por primera vez por Freudenberger en 1974 y afecta sobre todo a trabajadores abocados a los vínculos interpersonales o de alta competencia (médicos, enfermeras, profesores, policías, deportistas, etc.) En palabras del propio Freudenberger, este síndrome consistiría en la extinción de la motivación o del impulso personal, especialmente cuando la devoción individual por una causa fracasa continuamente en producir los resultados deseados.



Se han descrito como síntomas del síndrome de Burn-out: fatigabilidad fácil, cansancio prevalente, sentimientos de desesperanza, desencanto, frustración, disminución de la calidez y resonancia afectiva, pensamientos de minusvalía e ineficiencia profesional, y por otro lado, desarrollo de actitudes cínicas, negativas, indiferentes o impersonales hacia los pacientes, los que son tratados como "objetos". Se han desarrollado instrumentos diversos para mensurar este síndrome, uno de los tests más usados para tal fin es el Inventario de Maslach.

El Burn-out es una etapa avanzada del estrés profesional y tiene que ver fundamentalmente con la desmesura entre lo que esperamos y lo que obtenemos, sobre todo si el curso de nuestra expectativa acaba siendo pobre o hasta infausto. Como decía Marañón: "Nadie que se enfrenta a un ser que acaba de morir y tiene corazón, puede dejar de sentir."

¿Recuerdan el Cecil? Ese clásico de la medicina interna. Tal vez no todos sus usuarios se fijaron en las palabras iniciales del pórtico -que eran a la vez una bienvenida y una advertencia-: "Nuestra profesión es una verdadera vocación en la cual los miembros no pueden separar su profesión de su vida. "



Una de las especialidades médicas más expuestas al desarrollo de este síndrome sin duda es la psiquiatría. Por el estigma, por los llamados "pacientes difíciles", por las peculiaridades de las patologías que aborda, por las características inherentes de quienes solemos escoger esta carrera, por las reacciones internas que nos abruman eventualmente. Un reflejo de todo esto se grafica en ese chiste cruel que no me canso de repetir y del que sólo conocía los tres primeros párrafos:
"¿El médico internista? Sabe mucho pero hace poco..."
"¿El cirujano? Sabe poco pero hace mucho..."
"¿El patólogo? Lo sabe todo pero ya es demasiado tarde..."

Yo no sabía que había un párrafo destinado al psiquiatra. Un colega me lo refirió:

"¿El psiquiatra? El psiquiatra no sabe nada y no hace nada..."

¿Ven? Por suerte hay factores que pueden protegernos o asegurarnos. A fin de cuentas, como decía Nietzsche: "Todo aquel que tiene un porqué vivir, siempre encuentra un cómo."








ENLACE:


 - Kumar S. Burnout in psychiatrists. World Psychiatry 2007; 6: 186-189.



(Fotografías: Algunos miembros del Cuerpo Médico del manicomio donde laboro -se ha protegido convenientemente su identidad-.)

Desde Ayacucho






Estuvimos este fin de semana en Ayacucho, participando en actividades de la COSMA. Ayacucho, dicen algunos, significa "morada del alma", y según otros "rincón de muertos". Aunque en el fuero interno de sus habitantes laten las cicatrices frescas de la violencia aún, la ciudad de Huamanga -cual es su nombre en quechua- hoy respira tranquilidad y resurge -trillada es la frase pero verdadera- de entre sus cenizas.

En estos días, otro ha sido el lugar que ha sangrado en nuestra geografía: Bagua, en la selva norte del Perú. En diversos enfrentamientos, nuevamente han fallecido decenas de peruanos a manos de otros peruanos.

Por eso la bandera izada a media asta. Justo en el día destinado (7 de Junio) a celebrar el día de la bandera en el Perú -que son muchos Perúes todavía y sin reconciliar-.

viernes, 5 de junio de 2009

¿La talla de los zapatos se relaciona con el tamaño del pene?



 

Lo que solía divulgarse como una leyenda urbana amedrentadora, que habrá causado más de una insomne obsesión adolescente, subrepticias miradas para constatar diferencias milimétricas, rellenos de algodón en las punteras de zapatos con talla sobrante... ha sido asumido cual motivo de investigación seria por un par de acuciosos urólogos británicos. Hay que deplorar, eso sí, el pequeño tamaño muestral empleado: habrá que pasarle la voz a los epidemiólogos locales para replicar el trabajo en nuestro medio con una multirracial y variopinta muestra, estratificada y por conglomerados, claro está.



El resultado... ¡albricias!: no hay correlación estadísticamente significativa.



(Gracias a Baroja Lovecraft's shared items, de Nietos de Kraepelin, por el dato).





ENLACES:

- El estudio que aniquilará complejos mil ante la compra de zapatos.

- The definitive penis size survey.

Breve charla con Nassir Ghaemi




S. Nassir Ghaemi


"Ghaemi es profesor del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Emory en Atlanta en el caliente sur estadounidense. Dicho sea de paso, este departamento académico se ha fortalecido con la llegada de Helen Mayberg, una reconocida investigadora en el área de los trastornos afectivos a través del uso de las neuroimágenes. Como si esto fuera poco, cuenta en sus filas con la potencia creadora de Charles Nemeroff como jefe y líder.

Quien no ha leído el libro "Mood disorders" editado por Wolters Kluwer / Lippincott Williams & Wilkins, Philadelphia, 2008, magistralmente escrito por Ghaemi, no ha leído nada todavía. Está demás decir que lo recomiendo altamente.

Conociendo que Ghaemi forma parte o ha formado parte de varios Advisory Boards ligados a la industria farmacéutica, le pregunté su opinión sobre lamotrigina. A continuación resumo brevemente lo que me comentó: La FDA ha aprobado lamotrigina para el tratamiento de mantenimiento del trastorno bipolar I, sobre la base de 2 estudios randomizados controlados vs. litio y vs. placebo, de 18 meses de duración cada uno. Ambos fueron abiertos y enriquecidos con una muestra de pacientes que ya habían demostrado una buena respuesta aguda a lamotrigina, lo cual plantea algunos reparos desde el punto de vista metodológico.

Por otra parte existen 5 estudios randomizados vs. placebo para pacientes con depresión bipolar también de 8 semanas de duración que incluyen muestras de pacientes superiores a 200 en cada uno. Asimismo, se han realizado 2 ensayos randomizados comparando lamotrigina vs. placebo en enfermos con depresión unipolar aguda. Lo realmente interesante es que en estos últimos 7 estudios lamotrigina fracasó claramente. no llama la atención que, consecuentemente, ninguno de ellos haya sido publicado."


Aitor Castillo
Doctor en Medicina, Instituto Nacional de Salud Mental "Honorio Delgado - Hideyo Noguchi", Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Tomado de Enfoques en Neuropsiquiatría 2009; 1 (3): 9.





Nota de Redacción:


Este es un guiño de homenaje a nuestro blog mentor Nietos de Kraepelin. Desde ya, empezamos a contar los segundos faltantes para recibir el comment respectivo -en castellano castizo- de Nassir.


ENLACES:


-Web de Nassir Ghaemi.


- Post reciente en The Carlat Psychiatry Blog: Spurred by Nemeroff debacle, Emory reforms ethics.

jueves, 4 de junio de 2009

Conversaciones con Seguín (2)





Edificio central de la Facultad de Medicina de San Fernando (Lima).


Queremos compartir con Uds. otro capítulo de la obra de homenaje a Don Carlos Alberto Seguín, maestro peruano de la psiquiatría y la psicología. En este capítulo Seguín repasa, a través de las preguntas de su discípulo Max Silva Tuesta, los avatares que lo condenaron injustamente a alejarse de las aulas universitarias por largas temporadas, por obra y gracia de camarillas mezquinas y animadversas. Empero Seguín, desde las salas del Hospital Obrero de Lima, constituyó una escuela psiquiátrica frondosa y fructífera que hasta hoy persiste en la senda trazada por el Maestro.


El antiguo Hospital Obrero de Lima.

Conversaciones con Seguín (2)

miércoles, 3 de junio de 2009

100 años del neurotransmisor Aji-no-moto









Aunque la molécula de glutamato (como ácido glutámico) fue descubierta en 1866 por el alemán Karl Heinrich Leopold Ritthausen, no fue sino hasta principios del siglo XX, exactamente en 1908, que Kikunae Ikeda, un químico japonés formado en Alemania, intrigado por la naturaleza química de los sabores en los alimentos e inconforme con los cuatro escuetos sabores descritos (a saber ácido, amargo, salado y dulce), decidió identificar el inasible y seductor sabor que podemos hallar en ciertos alimentos como los tomates, espárragos, quesos y obviamente la carne.



Kikunae Ikeda



Provisto de enormes pailas, Ikeda se abocó a hervir cantidades industriales de un alga japonesa llamada kombu, afamada por su delicado y apetecible sabor, hasta la completa evaporación del líquido. Entonces observó que al fondo de sus pantagruélicas cazuelas ¡...oh, maravilla!, se había condensado una pequeña montaña pulvurulenta del neurotrasmisor más sabrosón de todos los que estudia la neurociencia: Don Glutamato.







Glumatato es un aminoácido "no esencial" (el organismo puede sintetizarlo) pero es el neurotransmisor excitatorio más abundante del sistema nervioso (de hecho, es una especie de asombroso neurotransmisor transformista pues mediante descarboxilación se convierte en ácido gamaaminobutírico -GABA-, el principal neurotransmisor inhibitorio del sistema nervioso). En el cuerpo humano se hallan hasta dos kilogramos de glutamato (además del cerebro, lo hay en el músculo, tejido conectivo, vísceras y otros órganos ricos en proteínas). El glumato tiene funciones prominentes como neurotransmisor regulador difuso implicado en la transmisión sináptica rápida, modula funciones básicas como la memoria, el aprendizaje y la plasticidad neuronal, y las anomalías de su regulación están involucradas en la fisiopatología de la esquizofrenia, demencia y varios procesos destructivos neuronales.


Función normal y anormal del glutamato.


Por supuesto, en la época de Ikeda no se conocía la existencia de los neurotransmisores (Cajal había ganado el Nobel en 1906 por sus trabajos sobre la neurona como célula independiente, mientras su rival Golgi postulaba que no existían tales células sino una maraña de filamentos intercomunicados en todo el cerebro, sin linderos demarcados). Ikeda sagazmente se asoció con el empresario Saburosuke Suzuki y el año 1909 patentó la fórmula de extracción y elaboración del glutamato monosódico como sazonador de alimentos. Al maravilloso producto lo bautizó como "Aji-No-Moto" que en japonés quiere decir "la esencia del gusto".



Desde entonces han transcurrido cien años, y el sabor que Ikeda buscó incesantemente y halló al fin, ha sentado sus reales en la culinaria moderna con el nombre de "umami", esto es, "sabroso". Umami es el quinto sabor, mejor decir, la quintaesencia del sabor, la piedra filosofal de la gastronomía, el polvillo mágico que puede mudar un banal puchero en un apetecible manjar. Actualmente la empresa Aji-No-Moto comercializa la tercera parte de todo el glutamato monosódico que se consume en el mundo.




Documental sobre Ikeda en su centenario: en el fotograma, hirviendo el kombu.

Aunque se ha descubierto que el sabor "umami" también puede hallarse en otras moléculas como el guanilato y el inosinato, ambos constituyentes de los ácidos nucleicos, el glutamato sigue siendo el abanderado de ese gustito goloso y casi concupiscente que, desde la perspectiva evolutiva, habríamos aprendido a discernir para reconocer fuentes alimenticias ricas en proteínas, así como el sabor dulce nos advierte de comidas ricas en la energética glucosa. Desde el campo de las neurociencias, el terreno también es fértil y apetitoso, aunque los fármacos que interactúan directamente con el glutamato no son aún muchos.





Primer envase de Aji-no-moto.




Alguna vez, luengos años ha, en un viaje a las sierras con mi padre, nos embuchamos un platillo elaborado con cerebro de carnero, el afamado "cebiche" de sesos. Recuerdo las circunvoluciones en cortes sagitales, los tonos cremoso y pardo de la sustancia blanca y gris, salpimentados con cebolla, limón y rocoto. El sabor era picante, oleoso y en la lontananza de mi memoria renace inefablemente "umami": por la época distante y añorada y además por el sabroso glutamato del seso ovino. Hoy que me dedico a la psiquiatría, por alguna razón que no alcanzo a vislumbrar, y habiendo degustado las vísceras todas que puede la carnicería ofrecer, no me atrevería a comer nuevamente cerebro.

La memoria de mi infancia también está ligada a esos inolvidables frasquitos con el logo rojo de la cacerola y las letras blancas de Ajinomoto -en alguna época circuló la leyenda urbana de que el Ajinomoto era elaborado con huesos de burro, hasta que la publicidad proclamó que se derivaba de caña de azúcar-, aquellos frasquitos cilíndricos que eran luego reciclados como saleros y se perennizaban en la mesa familiar. En ellos, la sal o el Ajinomoto por la humedad se comprimían al fondo y ya no podían salir por los agujeritos de la tapa, como recuerdos que no se quisieran depurar, que luchasen por no morir, hasta hoy en que el glutamato de mis sesos recuerda, revive el glutamato monosódico de mi infancia y provoca vivar: ¡Za, za, za, sabor!









ENLACES:

- Aji-no-moto: 100 años.

- Umami.

- Síndrome del restaurante chino. 

- Glutamato y dopamina en esquizofrenia.