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jueves, 10 de octubre de 2013

Día de la salud mental y los adultos mayores





“…como acostumbran los ancianos, para quienes el pasado no es una calle 
que se aleja progresivamente, sino una gran pradera que ningún
 invierno mancilla, separada de ellos por el angosto
 cuello de botella de los últimos diez años.”

FAULKNER







Este año el Día de la Salud Mental, auspiciado por la World Federation of Mental Health, ha sido dedicado al tema de la salud mental de las personas de edad avanzada, antes llamadas ancianas, personas de edad geriátrica, los viejitos, los de la tercera edad, los gerontes, los adultos mayores y aquellos que se hallan en la edad senil (talvez la diversidad de apelativos refleje la carga de estigma que acarrea el envejecimiento y el miedo que se le tiene como epílogo inevitable de la vida).

No solemos darnos cuenta de que actualmente, con el aumento de la expectativa de vida, existen más personas de edad avanzada que nunca antes en el devenir de la humanidad. Ello implica que las perturbaciones de salud mental de estas personas adoptarán de por sí ribetes de problemas de salud pública además de por sus diversas implicancias: el cuidado de las personas con demencia, por sí solo, es todo un rubro que afecta a cada vez más familias, complicando y generando crisis en su dinámica.

En un entorno cada vez signado por la sobrevaloración de la productividad económica y consumista, nuestros ancianos suelen ser dejados de lado asumiendo que "no se acuerdan de las cosas porque son viejitos" (en realidad podría tratarse de un cuadro incipiente de demencia) o que solo tienen pena y piensan en el pasado porque ya son ancianitos (cuando bien podríamos hallarnos ante un problema depresivo en un adulto mayor). Muchas veces se espera que el anciano simplemente coma, duerma y no moleste ni rezongue; y ello sería sinónimo de que está suficientemente bien. Nada más errado pero lamentablemente frecuente.

La World Federation of Mental Health (división de la Organización Mundial de la Salud) ha editado un prospecto donde se tocan de manera suscinta y amena diversos tópicos de la salud mental de los ancianos y sus cuidadores, accesible aquí: MENTAL HEALTH AND OLDER PEOPLE / World Mental Health Day, October 10 2013.

Preservar la salud de nuestros ancianos permitirá que realmente puedan llegar a viejos conservando fresco el espíritu, es decir, podrá decirse que son "jóvenes antiguos". Eso es tarea pendiente de todos y empieza con cada persona de edad avanzada en casa.







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lunes, 24 de mayo de 2010

Maurice Ravel, bolerista, músico (y no amúsico)





Maurice Ravel (Francia, 1875-1937) (Wikipedia)


Una de las primeras viñetas del Curso de Psiquiatría de Honorio Delgado ofrece como ejemplo de sinestesia la atribulada descripción de un individuo que afirma: "Estoy en el teatro... Escucho el Bolero de Ravel... Tiene resonancias ingratas... lo veo casi como una estela brillante de sonidos, que sale del palco escénico y barre las primeras filas de la platea y luego se aleja y pierde, pero de nuevo regresa y me sofoca como si me cubriera la cola inmensa de un ave maravillosa." Probablemente más que recordar el concepto de sinestesia -la asociación de una sensación que evoca otra en un campo sensorial diferente- la mayoría de alumnos nos quedábamos recordando la vívida metáfora y, cómo no, al Bolero y a Maurice Ravel.

De Ravel se ha dicho que fue el último representante de una generación de músicos que habían sabido renovar la escritura musical sin renunciar nunca a los principios heredados del clasicismo. Por esa razón fue el último compositor cuya obra entera, siempre innovadora y nunca retrógrada, es considerada «completamente accesible a oídos profanos». Sin duda por ello su clásico Bolero pudo ser incluido sin picor en la banda sonora de una comedia populosa y accesible como "10" -que en nuestro medio se conoció como "10, la mujer perfecta"- y donde la exuberante Bo Derek fue cebo para las envalentonadas fantasías de los prepúberes de mi generación. Por cierto, aunque la película se filmó en 1979, fue difundida por televisión varios años más tarde y el Bolero era la sábana musical sobre la que Bo y  Dudley Moore culminaban refocilándose venéreamente.




Imagen publicitaria de aquella película en que conocimos a Bo y al Bo-lero.

Desde entonces, el Bolero de Ravel fue habitante de nuestra imaginería y aunque más tarde acabamos prefiriendo otros boleros de tono más bien rasposo y cantinero, es inevitable añorar aquellas idas temporadas. Volvamos más bien a Don Maurice Ravel, que ya no se va pues mora en el Olimpo de los geniales creadores.

Se sabe que fue muy tímido, nervioso, introvertido, titubeante y perfeccionista hasta lo demencial, al punto que a ello se atribuye la escasa cantidad de obras que llegaría a producir. Sin embargo, no es sólo su temperamento el que puede interesar al curioso de averiguaciones patográficas. Si bien Ravel no holló los predios de la locura sí fue morador de las comarcas dilatadas de la demencia: en sus últimos años de vida sufrió un penoso deterioro de diversas funciones mentales al punto que tenía dificultades para expresarse verbalmente y por escrito (afasia, agrafia), para desarrollar actos de la vida diaria (apraxia), para leer (alexia) y, aunque conservaba relativamente preservadas su afectividad, su capacidad de juicio y apreciación estética, como macabro puntillazo sintomatológico desarrolló amusia, esto es, la capacidad de comunicar y comprender el lenguaje musical. De hecho, Ravel podría ser el único músico de entre los consagrados que llegó a presentar la fatal complicación.

Alajouanine, el neurólogo que lo atendió en su últimos días, refiere que aunque Ravel podía concebir música en su fuero mental, no podía comunicarla fuera de sí. Allí la paradojal tragedia del gran músico francés. Conmueve su fin penosísimo en un momento en que ni siquiera era sencillo determinar si había o no un tumor dentro de su caja craneana -se llegó a ejecutarle una desesperada craneotomía en la que se descartó la etiología tumoral pero no se pudo más-.

Por cierto, al no haberse efectuado la autopsia, no se podría afirmar con certeza qué tipo específico de enfermedad malogró la existencia del gran músico francés. Se ha especulado con el Alzheimer, con la Demencia de Pick, entre otros males, aunque finalmente hay cierto consenso en que se trataría de una Afasia Primaria Progresiva (APP) con Degeneración Córticobasal. Traduciendo, una enfermedad neurodegenerativa de etiología desconocida, un desarreglo que no se sabe cómo hace ni de donde viene pero que aniquila el lenguaje y otras funciones cognitivas. Y el quid: si bien la mayoría de pacientes amúsicos son afásicos lo opuesto no es usual. Pero Maurice Ravel se sacó una lamentable lotería: fue músico, afásico y finalmente amúsico -neuropsicológicamente hablando, pues si la palabra música viene de 'musa', Ravel no padeció de la amusia que literalmente puede entenderse como 'carencia de musa'-.

Otrosí: inclusive un trabajo en la revista Brain da relevancia al genio de Ravel, quien literalmente habría podido extraer un beneficio de su enfermedad: así como la música y el lenguaje comparten ciertas áreas neurales de funcionamiento pero no poseen idéntico sustrato; análogamente, la Afasia Primaria Progresiva no afecta uniformemente las distintas áreas cerebrales, de modo tal que precisamente el daño a ciertas áreas inhibidoras (como el córtex frontal inferior) podría más bien haber liberado zonas de creatividad distintas y novedosas en el cerebro de Ravel, preñadas de diferentes e inusuales patrones sonoros como en su Bolero donde entre dos secuencias sonoras repetidas una y otra vez mientras crece la intensidad dramáticamente, se teje cautivante la melodía a manera de una perseveración, forzando el término psicopatológico, o hasta como una estereotipia musical -el bolero fue compuesto en 1928, cuando ya se insinuaban las primeras fallas del funcionamiento cerebral de Ravel-.

Entonces, Don Maurice, tímido y psicasténico sin redención, acabó siendo sacavueltero de su propia enfermedad. Quién sabe si en la intemporalidad del arte y su magia, esa sinestesia descrita por Honorio podría constituir una especie de homenaje a Ravel, pero sin aquella anticuada cola de pavo real sino, más exuberante y deslumbradora, abatiendo las filas de la platea y alejándose y regresando sofocante, la desplumada cola de Bo Derek.


Reconocimiento:

- A la sana envidia -motivadora de esta entrada- ante la impecable monografía sobre Mahler del colega y amigo Francisco Doña y aquella otra sobre Gilles de la Tourette de la amiga y psicóloga Jennifer, en sus respectivas y apreciadas bitácoras. A ellos, las gracias.


Referencias:

- Cybulska EM. Boléro unravelled: a case of musical perseveration. Psychiatr Bull 1997; 21: 576-577.

- Seeley WW,  Matthews BR, Crawford RK, Gorno-Tempini ML, Foti D,  Mackenzie IR, Miller BL.  Unravelling Boléro: progressive aphasia, transmodal creativity and the right posterior neocortex. Brain 2007; doi:10.1093/brain/awm270

- Amaducci L, Grassi E, Boller F. Maurice Ravel and right-hemisphere musical creativity: influence of disease on his last musical works? European J Neurology 2002; 9: 75-82.
 
- Henson RA. Maurice Ravel's illness: a tragedy of lost creativity. BMJ 1988; 296: 1585-1588.

- Andrade PE, Battacharya J. Brain tuned to music. JRSM 2003; 96: 284-287.



sábado, 20 de febrero de 2010

La demencia y los retratos de William Utermohlen






Dentro de la muy discreta celebración del aniversario del Departamento de Emergencia do laboro, lo más memorable ha sido la mención del caso de William Utermohlen, que no habíamos conocido en su momento y cuya historia merece reseñarse.

Utermohlen, norteamericano de ascendencia germana pero radicado en Inglaterra desde sus años juveniles, fue un correcto pintor que cultivó de prominente modo el autorretrato. En 1995, a los  62 años de su edad, fue diagnosticado de enfermedad de Alzheimer -comúnmente llamada demencia senil-. De aquella época es Blue Skies (Cielos azules), la imagen que preside esta entrada: una misteriosa ventana se abre en el cielo raso mientras el artista, abstraído, parece aferrarse a la mesa y la silla que se desvanecen en el espacio.

Posteriormente, y a medida que la enfermedad progresaba, la memoria de Utermohlen se fue extraviando con las imágenes y presencias de toda una vida mientras frenéticamente trabajaba su propio rostro en el lienzo. Las sucesivas pinturas muestran el desgaste indetenible de sus facultades:

Autorretrato de 1996

Autorretrato de 1997

Autorretrato de 1998

A medida que el olvido invadía los claustros de su mente, no sólo arrebatándole ya sus experiencias trascendentes sino hasta la diminuta sapiencia de cómo abrir una puerta o abotonar una camisa, la imagen de su rostro se desvanece, como si se le hubiese olvidado también su propia cara o los pinceles hubiesen devenido incomprensibles artefactos de un mundo perdido.

Erased self-portrait, (1999)

Su último retrato es del año 2000. No hay ojos. Una grieta divide la faz. No hay color. La boca se cierra en la mínima expresión de un trazo. La demencia ha cumplido su empresa crudelísima.

Último autorretrato (Head, August 30th, 2000)

Antes de su fallecimiento, una exposición de las pinturas de Utermohlen, incluyendo sus autorretratos, recorrió Estados Unidos patrocinada por la Alzheimer Association. La muestra tenía como finalidad difundir el conocimiento y sensibilizar a la población sobre este padecimiento. Paradójicamente, nunca antes Utermohlen había sido objeto de atención mediática alguna.

Con su esposa Patricia.

William Utermohlen falleció el año 2007 por complicaciones de su mal. La enfermedad de Alzheimer es la forma de demencia más frecuente. Su prevalencia se incrementa con la edad y afecta actualmente a casi el 0,5% de la población mundial.


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