lunes, 9 de agosto de 2010

La timidez y la vergüenza (¿y la ansiedad social?)







Las emociones básicas y más estudiadas son, todos lo sabemos, cuatro: la alegría, la tristeza, la cólera y el miedo. De hecho, éstas son las que más precisa y universalmente se muestran en la expresión facial -aunque este privilegio compartido es, además, por la sorpresa y el disgusto-.

Ya el mismo Darwin había notado que existían, sin embargo, una serie de otros sentimientos, prevalentes en la especie humana y que no son exactamente aquellos antes enumerados. Son emociones que podríamos conceptualizar como aquellas que emergen ante la conciencia de uno mismo y, más precisamente, ante la evaluación que hacemos de nosostros mismos. Estaríamos hablando, por ejemplo, de la vergüenza, de la culpa, del orgullo, del bochorno.

Aunque para Darwin estas emociones uniformemente desencadenaban el rubor facial, tal parece que ello es predominante en relación a la vergüenza y el bochorno o embarazo, y no así tal vez en caso de la culpa. Asimismo existen variaciones étnicas e individuales que matizan el aserto. Otra interesante diferencia de estas emociones con las cuatro básicas enumeradas al principio, es que sus desencadenantes son más individualizados e idiosincraticos, más específicos para cada persona. Adicionalmente,  estas emociones, más que expresarse con la sola gestualidad facial, involucran un más amplio repertorio del lenguaje corporal.

Claro está, si hablamos de emociones suscitadas ante la evaluación de uno mismo, se debe presumir la existencia de un conglomerado de normas, metas y presupuestos con los que efectuar la comparación. Este grupo de normas, aunque determinado por la cultura imperante y el entorno social, tiene un matiz personal insoslayable y trascendente (de otro modo, todos los participantes de una misma cultura o hasta de un mismo grupo familiar tendríamos exactamente el mismo conjunto de preceptos). Su incorporación y procesamiento empiezan ya a edad temprana pues primordios de las emociones del ser-consciente-de-sí-mismo pueden columbrarse en pequeñuelos de 2 a 3 años de edad (recuérdese la teoría psicoanalítica de la culpa y la vergüenza en relación al control de esfínteres y la sexualidad incipiente).

La autoevaluación respecto al cumplimiento de las normas y metas prefijadas lleva a una dicotomía: ¿las satisfacemos o no? A su vez, la menor o mayor proclividad para considerar alcanzado el logro o asumirlo como fracasado, tiene correlación con factores distintos en los que interactúan las predisposiciones individuales y el entorno facilitador o entorpecedor de aprendizajes. Esto tiene que ver también con la atribución posterior: si no satisfice mi meta, ¿atribuyo esto a mí mismo o a un factor externo que influyó sobre mí? Y si yo mismo me considero el responsable, ¿me centro en mi conducta específica considerada fallida o en la totalidad de mi persona como fracasada y deficiente?

Del hipotético cruce de estas variables encontramos como resultado emociones placenteras tal el orgullo y su extremo, la arrogancia; y por otro lado, se establecen la culpa y la vergüenza. Queremos considerar en este breve apunte fundamentalmente a la vergüenza.

La vergüenza es un estado displacentero, causante de gran incomodidad psíquica y que toma a la persona por asalto: paraliza su actividad mental, dificulta el habla, congela el movimiento. Se puede observar a la persona avergonzada como tratando de hundirse en sí misma, a guisa de querer esfumarse, desaparecer (¡trágame, tierra!). El bochorno o embarazo, estrechamente relacionado a la vergüenza, guarda diferencias básicamente cuantitativas con ella: no se evidencia como estrictamente displacentero, no paraliza ni aturde a quien lo experimenta e incluso la postura corporal no denuncia el intento de hundirse y desvanecerse -como la vergüenza- sino que existe una postura más bien ambivalente entre el interés y la retirada, una mirada de soslayo a los otros y una sonrisa nerviosa en los labios. Resulta muy llamativo que situaciones como el recibir cumplidos en público o notar que una persona del sexo opuesto nos mira con interés, pueden suscitar el bochorno. A diferencia de la vergüenza, usualmente pública pero no en la totalidad de las veces, el bochorno siempre lo es.

Mucho debate ha suscitado el constructo de la fobia social, llamada ahora trastorno de ansiedad social,  y la medicalización de la timidez como una enfermedad (léase, por ejemplo, a David Healy: Have Drug Companies Hyped Social Anxiety Disorder to Increase Sales?; o a S. Wessely: How shyness became social phobia.) Hasta aquí hemos considerado someramente a la vergüenza, al bochorno, pero ¿y la timidez?

Lamentablemente, como en lo hasta aquí enunciado, las definiciones sobre todo son negativas, más basadas en la carencia de- que en la existencia de-. Así, la timidez se concibe como la tendencia a la incomodidad en situaciones sociales, como una peculiar e inefable oscilación entre la evitación y el acercamiento, entre el temor y el interés. Ahora bien, aparentemente la timidez vendría a ser un factor idiosincrático, no relacionado con la autoevaluación, digámoslo así: simplemente lo opuesto a la sociabilidad.

Aún a riesgo de resultar maniquea y simplista la hipótesis, pongámoslo de esta manera: si la estructura sociocultural valora en demasía la sociabilidad y deplora y posterga la timidez, apreciaremos que desde edad temprana se hará señalamiento y escarnio del niño tímido (por aquí los llamamos "chunchos" y "chupados", claro está "cariñosamente"). En este proceso, la timidez, de no ser ni valorada ni valorativa, adoptará rápidamente estándares fijos y será evaluada posteriormente como demérito y prenda por demás vergonzosa. Cabría aquí el complejo discernimiento con la realidad de otras sociedades, algunas orientales, donde la timidez es valorada de un modo distinto.

Pero, y si hablamos de un espectro entre sociabilidad y timidez, estaríamos ante el esbozo de rasgos de personalidad, y aquí la consideración nosológica es mucho más amplia pues se describe una personalidad evitativa como máximo grado de severidad de la ansiedad social (en el primer caso hablamos de un tipo de personalidad; en el segundo, de un supuesto desorden psiquiátrico).

Inclusive el endofenotipo de Inhibición comportamental descrito por Kagan, consistente en conductas de retraimiento, búsqueda del regazo materno y supresión de conductas habituales en niños pequeños ante la presencia de personas o eventos desconocidos, aunque asociado a posterior existencia de fobia social, lo es sólo en un 30% de casos: el 70% restante de niños con inhibición comportamental no poseerá trastorno de ansiedad alguno.

En el año 1903, el eminente psicólogo galo Pierre Janet, describió la 'phobie des situations sociales', enfocando su concepto sobre todo en el temor exagerado e irracional ante el desempeño de deteminados actos bajo el escrutinio público, ante la tormentosa mirada ajena -fobia que, de hecho, posee muy buena respuesta a procedimientos psicoterápicos-. De allí al desarrollo trepidante del constructo de 'trastorno de ansiedad social generalizada' que existe hace no más de cinco lustros y que hasta ha sido descrito como insospechado y enorme 'problema de salud pública', sin duda que media bastante. Da la impresión que en ese tráfago podríamos haber extraviado alguna vez la brújula.




C. Hanlon. Shame (2009)



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Con saludos cordiales para Rodrigo Peña, futuro colega nuestro que nos distinguió acompañándonos en una rotación electiva,  y de cuyo fino obsequio: Handbook of emotions, hemos glosado algunos de estos apuntes.

6 comentarios:

Jesús Castro Rodríguez dijo...

El problema se crea al considerar la existencia de miedos irracionales, sin valorar la idiosincrácia del individuo. Así, pues, surge un constructo como la fobia social, o la ansiedad, social que se basa la irracionalidad de la evitación manifiesta de deteerminada persona a exponerse a situaciones sociales, sin valorar su historia ni sus procesos.
¿Quien dedice o determina lo que es racional o lo que no?¿quien decide o determina lo que es proporcionado o no?. Creo que al final, la única valoración básica debería de venir de la propia persona, que debe de decidir sobre que hacer con su sufrimiento. Debe de decicir si va a seguir evitando o no, o si va a tratar de solucionarlo. Y para solucionarlo creo que es básico entenderlo, captar como se procesan todas las informaciones pertinente, como se dá sentido a la realidad. O sin llegar a entenderlo en su totalidad, si lo suficiente para comprender que hablamos de emociones, que básicamente son información sobre nosotros y sobre el mundo, y que sentirlas, aunque sea desagradable, no nos impide hacer cosas. Y con el hacer, viene la habituación, y viene la superación, en muchos, muchísimos casos.
Saludos.

José Manuel Brea dijo...

Creo entender, amigo Lizardo, que existe una timidez “normal”, como rasgo de personalidad –contrario a la extroversión– y una timidez “patológica” que marcaría un trastorno de personalidad (evitativa). Pero aún como simple rasgo, supongo que la timidez siempre implica un sufrimiento y marca de algún modo la vida de los humanos a quienes atenaza desde su niñez. Autocrítica, sentimientos de culpa, tendencia al aislamiento, miedo extremo, pánico escénico… ¿no forman parte de su cortejo?
Por cierto, ¡fobia social por ansiedad social! Definitivamente, nuestro mayor mal es el aburrimiento.
Saludos desde este lado del charco, con un calor sofocante.

Lizardo Cruzado dijo...

La claridad de lo que expresa, amigo Jesús, es paradigmática. Sin duda la adecuada valoración del individuo es imprescindible en una elaboración diagnóstica -parece obvio, pero tantas veces se soslaya-. Hacerle entender que la etiqueta no es el punto importante, creo que inclusive es terapéutico, además de la relativización de constructos que no son tan diáfanos y absolutos como se pretende. Un cordial saludo.

Lizardo Cruzado dijo...

Ciertamente en varios casos puede uno apoyarse en tal consoladora claridad, amigo José Manuel, pero el constructo de fobia social 'generalizada' tantas otras veces se intersecta con el de personalidad evitativa -y la personalidad como sabemos no es una enfermedad-.
Estamos de acuerdo en que hay casos incuestionablemente severos y que afectan al individuo y su grupo y que requieren el mejor tratamiento que se pueda ofrecer. Pero es pertinente estar avisados de la 'epidemia' de este nuevo problema 'de salud pública'.
Yo, más bien, quería insistir en el contexto social que puede convertir la timidez -de no patológica en 'patológica- con esos correlatos que mencionas y que no es inevitable que sean parte de su cortejo.
Un cordial saludo desde la garúa limeña. ¡Brrrrrr...!

Dulce Maria Villa dijo...

Te agradezco por el aporte.
http://bit.ly/1bCOJaQ

Lizardo Cruzado dijo...

Felicitaciones por tu blog y por tu empresa admirable de superar este problema tan frecuente. Un cordial saludo.