jueves, 3 de diciembre de 2009

Un poquito de nuestro propio haloperidol





La inolvidable enfermera Ratched de 'Atrapado sin salida'.


Ha concitado nuestra atención la reciente entrada del blog Nietos de Kraepelin: De la mescalina a la paroxetina -aparte de que había ya expectativa por el retorno de su elegante y sobria pluma- dado que toca el aspecto de los psicofármacos y sustancias psicoactivas y su autoexperimentación en individuos sanos, incluyendo, claro está, psiquiatras. Alguna vez hemos conversado con los médicos residentes al respecto, no sobre LSD ni peyote -parece lejano el día en que se usaban para determinadas psicoterapias experimentales- sino sobre el humildísimo haloperidol que indicamos a pasto diariamente.

Se ha relacionado al haloperidol y otros antipsicóticos con la experiencia de vivencias disforizantes, no estrictamente acatisia, la que de por sí es más que desagradable, por cuanto el bloqueo de dopamina estaría vinculado a la disminución de capacidad hedónica. Así, Voruganti y Awad han efectuado una revisión al respecto en que exhortan a explorar el efecto disforizante de los antipsicóticos más allá de la terapia neuroléptica pues tradicionalmente se la ha subsumido con la experiencia de acatisia. (Los mismos autores amplían su revisión en Acta Psychiatrica Scandinavica).

Alguna vez hemos experimentado aquella vivencia disforizante del haloperidol intramuscular. No era estrictamente sólo la acatisia -qué huera resulta después aquella mísera definición de 'inquietud subjetiva y objetiva' como descripción de la acatisia- sino una interesante forma de despersonalización y desrealización. La extrañeza del entorno que nos rodeaba activaba una primitiva angustia adunada a la vivencia desagradablemente novedosa de la corporalidad y -¿cómo lo diré?- algo parecido a una conciencia pesada y tediosa de los propios pensamientos, pero no en tropel ni tampoco en cámara lenta, sino algo distinto: el desacostumbramiento de ellos. Nada que ver con la clorpromazina, eso sí, que más allá de un sueño no muy denso y el dolorcillo del glúteo inyectado, pasó sin más.

Luego he encontrado este artículo de Kapur en el American Journal of Psychiatry que trata de explicar concatenadamente los aspectos neurobiológicos, fenomenológicos y farmacológicos de la psicosis y los antipsicóticos: Kapur repite el planteamiento de la psicosis como un estado de 'aberrant salience', que podemos traducir como un estado de predominancia anormal de un contenido mental (en el caso de la psicosis, las alucinaciones y delirios). En esa línea describe cómo la dopamina normalmente permite la conversión de la representación mental de un estímulo externo, desde un tono neutro hacia una entidad atractiva o aversiva, luego, en psicosis, la dopamina devendría en creadora de esas 'saliencias' o predominancias aberrantes...

Los antipsicóticos, ergo, al bloquear la dopamina -pues todos ellos comparten dicha propiedad- podrían abatir progresivamente dicha 'saliencia' anormal. Así, cualesquiera pensamientos, recuerdos, imágenes o cualquier contenido mental puede ir perdiendo vivacidad poco a poco y luego, espontáneamente, la mente ocuparía sus procesos psicológicos innatos para domeñar tal saliencia patológica, (lo que es inicialmente imposible, en el caso de la psicosis, sin el fármaco antipsicótico). En la continuación del proceso iniciado por el antipsicótico entraría poderosamente el rol del abordaje psicoterapéutico: está así descrita la fenomenología del proceso de degradación de las estructuras delirantes: al inicio el paciente sigue convencido de sus fenómenos psicóticos pero 'ya no le importan tanto...' luego progresivamente los soslaya, los relativiza, los olvida, etc. (Castilla del Pino tiene excelentes monografías al respecto).

Pienso que en un mi caso esa despersonalización y desrealización al usar haloperidol, no hallándome psicótico, podrían haber provenido de una general abolición de las 'saliencias' normales y cotidianas de la realidad interna y externa circundantes. David Healy revisó la 'indiferencia psíquica' en este artículo y habló de algo semejante (de hecho, clásicamente los neurolépticos eran descritos como ataráxicos, esto es, generadores de indiferencia psíquica).

Creemos sinceramente que la autoexperimentación de psicofármacos por parte de nosotros los prescriptores -sin imposición alguna ciertamente- constituiría una valiosa experiencia de comprensión (verstehen) de nuestros pacientes y sus avatares. A veces parece que nos estuviésemos quedando escasa y penosamente sólo en la pálida, distante explicación (erklären, para hablar al jaspersiano modo).




2 comentarios:

Favio dijo...

Me haces recordar una noche del internado en el que atendí a una madre (enfermera) que llevaba a su hijo asmático a emergencia y nos decía que ella siempre probaba todo antes de dárselo a su hijo (con convicción sobrecogedora) y que la nebulización era horrible (!), le pregunté si era asmática y dijo que no... obviamente la experiencia se desvirtúa pues el mecanismo está pensado para la patología... Ello por supuesto no debería hacernos ignorar lo desagradable de las reacciones adversas (suficientemente descritas) para evitarlas si es posible con un adecuado y sesudo análisis clínico.

Lizardo dijo...

Gracias por tu siempre ponderado comentario, Favio: no pretendo oponer otro ejemplo al tuyo pues siempre podrían haber contraejemplos. Desafortunadamente la bibliografia discuerda con tu opinión de que las llamadas reacciones adversas estén 'suficientemente descritas'. Por lo demás, yo propongo una experiencia individual y de libre elección y tu postura es clara al respecto.