lunes, 11 de enero de 2010

Cuando los japoneses cambiaron el nombre de la esquizofrenia





La esquizofrenia es una fea palabra, fea no sólo por el estigma inmenso que acarrea su mención sino además por la presencia de aquella chirriante sílaba fricativa: 'fffffrrrre', estremecedora como un redoble y salpicadora de saliva también. Pero sin bastar con esto, la esquizofrenia es una palabra fea porque es injusta en su etimología: acuñada por Bleuler hace más de un siglo a partir de las raíces griegas "schizo" (escisión) y "phrein" (mente), el célebre psiquiatra suizo no pretendió aludir jamás literalmente a una 'doble personalidad' como el común del público cree que el vocablo esquizofrenia significa; sino que en su análisis profundo de los síntomas, Bleuler creyó hallar una situación patológica compleja que pretendió describir con su metáfora, nada más.

Desde un inicio varios autores manifestaron su descontento con el término bleuleriano (el mismo Freud, el gran Jaspers, Kurt Schneider, Henri Ey, entre otros). Adicionalmente, y lo que es más importante, la supuesta escisión de las funcionales mentales propuesta por Bleuler como subyacente a los síntomas para él principales (los ahora llamados síntomas negativos de la esquizofrenia) no es tal. El concepto de escisión ya no es usado dentro de la comprensión psicopatológica de la esquizofrenia y otros síntomas son los que adquieren trascendencia diagnóstica y pronóstica (los síntomas positivos en el primer caso, los cognitivos en el segundo) ¿Por qué seguir entonces con tal palabreja por semejantes razones fea e inexacta?



En el Japón un movimiento iniciado en la década de 1990 por los familiares de los pacientes con esquizofrenia condujo a que en el año 2002 la Sociedad Japonesa de Psiquiatría y Neurología, luego de prolongado estudio y debate, aprobase la modificación del antiguo y tradicional nombre. Hay que tener en cuenta que en el idioma japonés, por ser ideográfico (esto es en el lenguaje escrito se observan representadas gráficamente los conceptos), se evidencia claramente lo que representa cada palabra. Si bien en idiomas como el castellano, de no conocer las raíces griegas uno normalmente no evoca la "mente escindida", en el japonés es inevitable apreciar semejante significado:



Semejante término ('Seishin Bunretsu Byo' o 'enfermedad de la mente dividida') evocaba entre los japoneses la espantosa imagen del caos mental y del deterioro inevitable. Ahora en cambio se emplea la expresión 'Togo Shitcho Sho' (Trastorno de la integración):


Se ha reportado que desde el cambio producido se ha mejorado la capacidad de proporcionar el diagnóstico al paciente y su familia por parte de los médicos y además se ha verificado, en mediciones efectuadas con cuidado máximo del sesgo de deseabilidad, efectivamente aminoramiento del prejuicio condenatorio hacia dicha enfermedad.

Lo que en un inicio parecía inabordable, de naturaleza superficial y cosmética, una veleidad sin trascendencia, es hoy hecho consistente y plasmado en la nosología japonesa. Acompañado del cambio de nombre obviamente fue menester una intensa campaña educativa al respecto. Pero se tiene que empezar por algo. En algunos lugares de Europa también hay movimientos similares. A ver por acá quién más se anima.





Referencias:

-Kim Y, Berríos G. Impact of the term Schizophrenia on the culture of the ideograph: The Japanese Experience. Schizophr Bull 2001; 27: 181-185.

-Sato M. Renaming schizophrenia: a Japanese perspective. World Psychiatry 2006; 5: 53–55.


Otras entradas relacionadas en el blog:

- 100 años de la esquizofrenia.

domingo, 10 de enero de 2010

Marilyn Monroe desde el manicomio




Fotograma de The Misfits, la última película completa de Marilyn Monroe, 1960. (Wikimedia Commons) .

Luego de terminada la accidentada filmación de 'The Misfits' (Vidas Rebeldes) en el desierto de Nevada, Marilyn concretó su anunciado divorcio del dramaturgo Henry Miller, quien había escrito además el guión de la película. Fue un rápido trámite el 20 de enero de 1961. Mientras el invierno se abatía sobre Nueva York y el estreno de la película era acogido con poco favorables comentarios, Marilyn fue sumiéndose en una aciaga brecha anímica a la par que acrecentaba su abuso de sedantes. La gravedad de su estado alarmó a su psicoanalista Marianne Kris quien sugirió el internamiento psiquiátrico por riesgo suicida.

El domingo 5 de febrero Marilyn Monroe, firmando como Faye Miller para evitar la publicidad, aceptó ingresar a la clínica Payne Whitney, la división psiquiátrica del Hospital de Nueva York, adscrito a la Universidad de Cornell. Si había imaginado una estancia de reposo y propiciatoria de tranquilidad, lo que encontró Marilyn resultó diametralmente opuesto: fue instalada en un cuarto de aislamiento, cerrada con llave y destinada a los pacientes más perturbados.

Marilyn reaccionó aterrorizada, temió desquiciarse totalmente como había sucedido con Gladys, su madre biológica, y golpeó atronadoramente la puerta hasta lacerarse las manos, lo que aparentemente confirmó al personal del pabellón la gravedad de su desequilibrio.

Al día siguiente, el joven médico interno que pasó visita a la paciente Marilyn señaló la rotura en la ventanilla de la puerta cerrada y le preguntó porqué razón se sentía tan desdichada. Su respuesta fue: "He estado pagando una fortuna a los mejores psiquiatras para averiguarlo y ahora Ud. me lo pregunta a mí".

Marilyn permaneció pocos días allí. Cuando se le permitió por fin hacer llamadas teléfonicas apeló a diversos amigos pero quien tomó cartas en el asunto fue Joe DiMaggio, el famoso jugador de béisbol de quien se había divorciado en 1954 tras un brevísimo enlace, y que viajó desde Florida en su auxilio. Juntos decidieron que su atención continuase en el Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia, donde fue internada hasta el mes de marzo (por 23 días) y donde recibió las constantes visitas de Joe.

De esta temporada es la carta que envió a su psicoanalista en Hollywood, Los Ángeles, Ralph Greenson, narrándole sus experiencias recientes de internamiento psiquiátrico y que reproducimos con excepción de escasos fragmentos:

"Estimado Dr. Greenson:

En este preciso instante, al asomarme a la ventana del hospital donde la nieve lo ha cubierto todo, de pronto todo aparece de un verde apagado. Hay hierba y unos arbustos raquíticos, aunque los árboles me dan cierta esperanza...y las ramas peladas prometen que tal vez habrá primavera y tal vez esperanzas.

¿Ha visto ya Vidas Rebeldes? En una secuencia es posible que note lo desnudo y extraño que un árbol puede ser para mí. No sé si en la pantalla sale así... Algunas de las elecciones que hicieron con respecto a las tomas no me gustan. Al empezar a escribir esta carta, a eso de las cuatro, estaba llorando. No sé muy bien por qué.

Anoche tampoco pude pegar ojo. A veces me pregunto cuándo es de noche. Para mí la noche casi no existe... Todo parece un día largo y horrible. De todas formas, me he propuesto ser constructiva y he empezado a leer las cartas de Sigmund Freud. Al abrir el libro, vi la foto de Freud en el interior en la página opuesta a la del título, y se me cayeron las lágrimas. Parecía muy deprimido (seguramente la foto fue tomada en los últimos días de su vida), como si hubiera muerto con una decepción. (...)

En Payne Whitney no hubo empatía..., ejerció sobre mí un efecto terrible. Me metieron en una celda (me refiero a bloques de cemento y todo eso) para pacientes muy perturbados, deprimidos, salvo que yo sentía que estaba en una especie de cárcel por un delito que no había cometido. Allí reina una inhumanidad arcaica. Me preguntaban por qué no era feliz allí (todo estaba bajo llave, cosas como la luz eléctrica, los cajones de las cómodas, los cuartos de baño, los armarios, los barrotes disimulados en las ventanas... y las puertas tienen ventanas, para que los pacientes resulten visibles en todo momento. Además en las paredes aún se ven la violencia y las marcas de los pacientes anteriores). Respondí. "¡Bueno, si me gustara estar aquí, estaría loca!" Había mujeres que gritaban en las celdas... Supongo que gritaban cuando la vida se les volvía insoportable, y en momentos como ése yo pensaba que algún psiquiatra tenía que hablar con ellas, para aliviar aunque sólo fuera momentáneamente su dolor y su sufrimiento. Creo que ellos (los médicos) podrían aprender algo..., pero sólo les interesa lo que estudiaron en los libros. Tal vez pudieran descubrir muchas más cosas en un ser humano que ha sufrido toda su vida. Tengo la impresión de que más bien buscaban la disciplina, y que dejaban que sus pacientes siguieran los pasos de los pacientes "que se habían dado por vencidos".

(...)

El primer día me relacioné con una paciente. Me preguntó porqué estaba tan triste y me sugirió que llamara a un amigo y que no estuviera tan sola. Le respondí que me habían dicho que en esa planta no había teléfono. Hablando de plantas, están todas cerradas con llave. Nadie puede entrar ni salir. Ella pareció impresionada y me dijo: "Yo te llevaré hasta el teléfono", y mientras hacía cola esperando que me tocara el turno, observé a un guardián (porque llevaba puesto un uniforme gris remendado), y cuando me acercaba al teléfono, él lo apartó con el brazo y dijo muy serio: "Usted no puede usar el teléfono." Por cierto, se jactan de tener un ambiente hogareño. Les pregunté (a los médicos) porqué suponían semejante cosa. Me respondieron: "Bueno, en el sexto piso tenemos muebles modernos y alfombras de pared a pared." (...) pero como están tratando con seres humanos, les pregunté cómo era posible que no pudieran comprender el interior de un ser humano.

La chica que me habló del teléfono parecía una criatura patética e indefinida. Después me dijo sobre la actitud del guardián: "No sabía que pudieran hacer eso", y agregó: "Yo estoy aquí por mis problemas mentales... me corté el cuello varias veces y me abrí las venas", y me lo explicó tres o cuatro veces.

Bueno, los hombres viajan a la luna pero no parecen interesados en el corazón humano. Aún así, uno puede cambiarlos, a los hombres, pero no lo hace... Dicho sea de paso, ése era el tema original de Vidas Rebeldes, aunque nadie captó ese aspecto. En parte, supongo, por los cambios del guión y por algunas distorsiones en la dirección.

(Esta mañana, 2 de marzo)

Anoche tampoco dormí. Ayer me olvidé de decirle algo. Cuando me metieron en la primera habitación en el sexto piso, no me dijeron que era una planta de enfermos psiquiátricos. La doctora Kris dijo que vendría al día siguiente. La enfermera apareció despues de que el médico, un psiquiatra, me sometiera a un examen físico que incluía el examen de los pechos para saber si había bultos. Me opuse, aunque no violentamente; sólo le expliqué que el médico que me había llevado hasta allí, un hombre estúpido llamado doctor Lipkin, ya me había hecho un examen físico completo menos de treinta horas antes. Pero cuando llegó la enfermera me di cuenta que no había forma de tocar el timbre o de alcanzar una luz para llamarla. Le pregunté porqué eso era así, y algunas otras cosas, y dijo que aquello era una planta psiquiátrica. Cuando salió me vestí y fue entonces cuando la chica del vestíbulo me habló del teléfono. (...) Después de que la chica me hablara y me contara lo que se había hecho, volví a mi dormitorio sabiendo que me habían mentido con respecto al teléfono y me senté en la cama intentando imaginar qué habría hecho si me hubieran dado esta situación para improvisar una actuación. Así que me imaginé que era una rueda chirriante a la que se le pone grasa. Reconozco que era un chirrido fuerte, pero saqué la idea de una película que hice una vez, titulada Niebla en el alma. Cogí una silla un poco pesada y la tiré contra el cristal, a propósito... y fue difícil hacerlo, porque nunca en mi vida había roto nada. Fueron necesarios varios golpes para que el cristal quedara hecho añicos, y me fui con el cristal escondido en la mano y me senté en la cama a esperar que vinieran. Aparecieron, y les dije: "Si van a tratarme como a una loca, voy a comportarme como una loca." Reconozco que lo otro fue una cursilería, pero en la película lo hice realmente, con la diferencia de que era una hoja de afeitar. Les aclaré que si no me dejaban salir me haría daño..., que era lo que menos pensaba hacer en ese momento, ya que como usted sabe, doctor Greenson, soy una actriz y nunca me haría una marca ni me haría daño, soy así de vanidosa. En ningún caso colaboré con ellos porque no podía creer lo que estaban haciendo. Me pidieron que me levantara despacio y yo me negué a moverme, me quedé sentada en la cama así que me cogieron por los brazos y las piernas, dos hombres robustos y dos mujeres robustas, y me llevaron hasta el séptimo piso en el ascensor. Debo decir que al menos tuvieron la decencia de trasladarme boca abajo. Me quedé quieta durante todo el camino y luego me pusieron en la celda de la que hablé y esa mujer que parecía un buey, una de esas robustas, dijo: "Date un baño." Le dije que acababa de tomar uno en el sexto piso. Me dijo muy seria: "Cuando cambias de piso tienes que darte otro baño." El hombre que dirige el lugar, que parece un director de una escuela secundaria, aunque la doctora Kris lo nombra como el "administrador", pudo hablar conmigo, y me hizo preguntas como si fuera un analista. Me dijo que yo era una chica muy enferma, y que había estado muy enferma durante muchos años. Desprecia a sus pacientes. Me preguntó cómo podía trabajar cuando estaba deprimida. Me preguntó si eso se interponía en mi trabajo. Era muy firme y decidido en la forma de hablar. En realidad, más que preguntar, afirmaba, así que que le contesté: "¿No le parece que tal vez Greta Garbo, Charlie Chaplin e Ingrid Bergman se sentían deprimidos cuando trabajaban?" Es como decir que un jugador como DiMaggio no podía pegarle a la pelota cuando estaba deprimido. Vaya tontería.

(...)
Creo que será mejor que me detenga aquí, porque usted tiene otras cosas que hacer, pero gracias por escucharme un rato.


Marilyn M."

En el siguiente video se aprecia la salida de Marilyn desde Payne Whitney (hasta 0:24), y luego del Centro Médico Presbiteriano. Nótese el enorme revuelo mediático y cómo, en el primer caso sobre todo, pese a su mal estado anímico, Marilyn se esfuerza por resultar cortés.



Por cierto, no fue esta la única oportunidad en que Marilyn pasó estancias para tratamiento psiquiátrico: pocos meses antes, en agosto de 1960, durante el rodaje de 'Vidas Rebeldes', estuvo internada unos días en una clínica de Los Ángeles. Pero ciertamente la de Payne Whitney fue la experiencia más penosa. Aunque firmó un consentimiento para su ingreso, no se imaginó el maltrato que recibiría y que obviamente ella no había 'consentido'. Tal fue la experiencia manicomial de Marilyn. Si breve y distante, no menos perentoria para nuestro propio cuestionamiento: qué seguimos haciendo hoy en día en nuestro trato hospitalario con el paciente internado, cómo nuestros procedimientos, en aras de un supuesto cuidado y rigor, pueden llegar a avasallar, despojar, zaherir.

Queremos, como un recordatorio de tal imperativo, que la imagen de Marilyn -por varios motivos, un ícono favorito nuestro- encabece a partir de hoy nuestra bitácora. Es la famosa fotografía de Richard Avedon (del año 1957), modificada por Marco Castilla, la que nos ha elegido. Se afirma que en la magistral toma, más que Marilyn, quien salió fotografiada fue Norma Jean.



Referencia:

-Spoto D. Marilyn Monroe. (Trad. Elsa Mateo) Ed. Anagrama. Barcelona, 1993.

sábado, 9 de enero de 2010

'No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.'




Albert Camus (1913-1960)

Tal es la frase que inaugura "El mito de Sísifo", el ensayo de Albert Camus sobre el absurdo de la existencia de los hombres. Sísifo era, dentro de la mitología helénica, el personaje condenado a empujar una desmesurada roca cuesta arriba de una colina aunque, cada vez que coronaba la cima del promontorio, la roca despeñábase de nuevo y Sísifo debía retomar su tarea una y otra vez, sin término ni tregua. Lo absurdo de la vida humana parecería implicar prima facie un desaire, una desesperanza o una frustración pero Camus se apresura a advertirnos: "se ha fingido creer que negar un sentido a la vida lleva forzosamente a declarar que no vale la pena de vivirla. En verdad, no hay equivalencia forzosa alguna entre ambos juicios."



El problema del sentido de la vida suele presentarse ineludiblemente en el curso del trabajo psicoterapéutico. Los pacientes deprimidos, angustiados, frecuentemente plantean esta desasosegante cuestión y el terapeuta puede sentirse asaltado por sus propias y más íntimas dudas ante ella. Camus advierte: "La sensación de absurdo a la vuelta de cualquier esquina puede sentirla cualquier hombre." Y es que la sensación del absurdo no anida únicamente en la entraña mental del hombre preñada de esperanza y expectativa sino en su contienda con el universo, todo él carente de respuestas y sentido.

Camus no acepta la alternativa fácil y desesperada. Quiere más que verdades, motivos. Reputa al suicidio que elimina la conciencia, el suicidio físico, corporal, como emblema de cobardía. Tampoco encuentra viable como curso de acción el 'suicidio filosófico': la entrega evasiva y deleitosa a la utopía religiosa o moral con el aniquilamiento de la racionalidad. Interpreta este derrotero como fraudulento y escapista, sometido a un falso consuelo: una vida más grande no puede significar 'la otra vida'.

Camus propone la aceptación radical de lo absurdo. El absurdo, siendo inalienable de la condición vital del hombre, debe ser asumido cabalmente, no hay otra solución que tomar plena conciencia de lo absurdo y vivir la vida, que se vivirá tanto mejor si no tiene significado. Ello no significa en modo alguno la displicencia o el libertinaje (el hombre absurdo) sino que mas bien Camus extrae de esta decisión la exigencia trascendente de la rebelión (luego escribiría su reconocido ensayo 'El hombre rebelde').

Camus fue honrado con el Premio Nobel de Literatura en 1957 a los 44 años de edad. De su procedencia humildísima queda constancia en la dedicatoria de uno de sus textos póstumos: 'A ti, que nunca podrás leer este libro' (se refería a su madre quien era analfabeta y tempranamente viuda lo debió criar en Argelia, donde eran colonos franceses). Este manuscrito fue hallado entre los fierros retorcidos del automóvil en que murió accidentado. También se encontraron sus boletos de tren pues Camus no iba a viajar en ese vehículo y a última hora fue convencido por su editor, M Gallimard. Volvía de sus vacaciones navideñas. De aquello se han cumplido recién 50 años.

Camus con su hija Catherine en 1947.

Enlaces:

- El Mito de Sísifo, de Albert Camus.(Descargar en Megaupload o ver en Scribd).

jueves, 7 de enero de 2010

Un 'loco' de antaño




'El loco', acuarela de Pancho Fierro, S. XIX (tomada de aquí).


Entre los años de 1930 y 1960 se contó entre los habitantes de Lima un pintoresco personaje conocido por todos y cuya cristiana gracia era Pedro Cordero Velarde. Este caballero, oriundo de Cerro de Pasco, fue en su juvenil época músico de la milicia, no de los malos según se cuenta, pero es más recordado porque desde su edad mediana vino a convertirse en excéntrica e irrepetible figura de la escena urbana. Si bien había siempre sido protervo crítico de los gobiernos de turno y acérrimo cuestionador de la política doméstica, lo que le había llevado a redactar, editar, y publicar con su propio peculio un pasquín denominado "El León del Pueblo' -cuyo lema rezaba 'Sale cuando puede y pega cuando quiere'-, no fue sino hasta ciertos comicios de los escasos en aquella época cuando se desató con todo furor el desvarío de su sesera.

Se cuenta que algunos pícaros personajes se ofrecieron a armar su campaña electoral a fin de que pudiese llegar al trono de Pizarro para ejecutar sus quiméricos planes, y aprovecharon la prodigalidad y el desaforado entusiasmo de Don Pedro para dilapidar su desmedrada fortuna. Nuestro personaje, que antes se limitaba a prorrumpir en acerbos epítetos con todo aquel que quisiera escucharlo, denostando al gobernante de turno, luego de saber el real cómputo de las elecciones, sufrió una honda desazón. Poco después dióse en denunciar el haber sido vencido con las malas artes del fraude: ataviado con un chaqué pringoso cruzado por dizque una banda presidencial, agujereado sombrero de tarro y chafalonía prendida en la solapa a guisa de condecoraciones, se proclamó a sí mismo no sólo presidente del Perú sino "Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; General de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina", nada menos.

A Don Pedro solía vérselo en idas y venidas por el centro de Lima cual si presto acudiese a ceremonias o desfiles y de tarde en tarde remecía los portales de la Plaza San Martín con sus catilinarios discursos condenando a todos los zamarros que, en su delirio, le habían arrebatado el cetro presidencial. Sus locuras eran parte inevitable del acontecer cotidiano de la Lima de entonces pues numerosos eran aquellos que le conocían de sus tiempos cuerdos, cuando fue un bien dotado músico, y le socorrían mientras lamentaban sus desafueros.

La apoteosis de su locura aconteció cuando participó en cierta magna sesión de diversos personajes de la política peruana para negociar la transición a la democracia desde la dictadura de Odría, entonces de turno. Por supuesto no fue oficialmente invitado, pero dejó atonitos a los asistentes con su inesperada perorata e insólita apostura. Fue su momento cenital.

Don Pedro murió de una apoplejía el 18 de diciembre de 1961 a la edad de 86 años.




Don Pedro Cordero Velarde



Pienso en Don Pedro, en sus delirios de grandeza, en la grandeza de su vesánico propósito para con su patria enferma. Evoco a Pedro Cordero Velarde, enfermo mental de la ciudad de otrora, de todos modos ocupante de un lugar en el grupo social de su tiempo y cuya identidad inclusive ha perdurado hasta ahora. Miro en redor a los orates vagabundos de hoy, condenados al extravío en la urbe que les niega un nombre y una historia: huidizas siluetas pardas que se mimetizan entre el hollín y tráfico, estigmatizados, difuminados hasta la delicuescencia, hasta el silencio y el vacío. Cotejo la circunstancia y su adjetivo mientras me petrifico contemplando mis brazos cruzados.





ENLACE:

- Sobre Pedro Ángel Cordero y Velarde en el blog Pueblo Mártir.


Referencia:

- Toledo G. Déjame que te cuente... Selección de crónicas costumbristas publicadas en el Diario El Comercio. Lima. 243 pp. Sin pie de imprenta.

miércoles, 6 de enero de 2010

El otro Walter Freeman






Walter J Freeman (1927) y Walter Freeman (1895-1972)

Walter Freeman (sin J) en plena acción.

Por un momento, distraído de mis enciclopédicos conocimientos biobibliográficos de neurociencias y psiquiatría, temí que el infaustamente recordado Dr. Walter Freeman, ejecutante de lobotomías a granel a enfermos mentales entre los años 1940 y 1960, pudiese hallarse redivivo y pretendiera aggiornarse con la fachada de neurocientífico. Me sobrecogió el estupor ante la posibilidad de que el malhadado lobotomista fungiese hoy de estudioso de la mente, aburrido ya del picahielos y el martillo, y díjeme qué tal frescura (o qué vigorosa capacidad de renovación intelectual, para usar lo políticamente correcto). Pero no me había fijado en la J, -y además Don WJ tiene cara de viejito bueno y pese a los años no se le ve tan peladito-.


Walter J Freeman es un biólogo con estudios de medicina y filosofía dedicado a los estudios del funcionamiento cerebral y mental. En el libro cuya carátula aparece arriba, Freeman pretende ofrecer sus particulares vislumbres y hallazgos de la biología cerebral: cómo a partir del funcionamiento de miles y miles de neuronas es que puede originarse la compleja experiencia mental. Apela a la importancia de la búsqueda de significados como labor neural primordial más que al mero acúmulo de datos y trata de deslindar con el determinismo tanto genético y neuroquímico como sociobiológico. Algunos párrafos introductorios rezan más o menos así:

"Los neurogenetistas proclaman que tus genes determinan no sólo el color y forma de tu cuerpo sino también tu inteligencia, tu estado de ánimo, tu conducta sexual y hasta la frecuencia con que recurres a la violencia para cumplir con las metas legadas por tus ancestros, quienes ciegamente te dotaron con su carga genética. Los neurofarmacólogos ven a los cerebros como máquinas químicas que funcionan a base de moléculas transmisoras, receptoras y moduladoras. Así sufrir un transtorno mental y acudir por ayuda al neuropsiquiatra es como mandar arreglar un automóvil malogrado, que ni siquiera sabemos cómo funciona, a un supuesto experto en el que tampoco confiamos mucho. Al menos estos profesionales te ofrecen a veces la pizca de libertad entre la elección de tomar o no sus medicamentos prescritos. Pero incluso este resquicio de dignidad es arrebatado por los sociobiólogos quienes afirman que si aceptas el medicamento estás resignándote a la servil docilidad que se te impuso en tu temprana infancia, pero si rechazas el fármaco, estás incurriendo en el patrón típico de rebelión contra una figura de autoridad tiránica."

"Estas doctrinas de determinismo génetico o ambiental subyacen en el núcleo de la polémica 'nature-nurture' (naturaleza-crianza), ese prolongado debate sobre si tú te comportas de determinado modo porque naciste así o porque te criaron así. El problema con este argumento es que te impide la posibilidad de aportar tus propias contribuciones..."

El libro es breve y de enriquecedora lectura y puede descargarse aquí.

¿Habrá pensado Walter J Freeman en su homónimo respecto a la carátula del libro -esa pareja de sillas, una al revés de la otra-? Ciertamente hay ahora una miríada de libros sobre neurociencias, sobre cerebro y la mente. Pero todavía el común de desconcertadas gentes seguimos con las sillas volteadas, o cojeantes, o dispuestas en corro musical que se interrumpe súbito sólo para constatar que uno se quedó sin silla mientras creía estar jugando.

Sin contar con aquella tentación latente por ahí de agarrar cerebros a martillazos.

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ENLACE:


-Howard Dully, el chibolito aquel de la lobotomía, ahora tiene su página electrónica para contratos.


lunes, 4 de enero de 2010

Primera entrada del año







Recuerdo una tarjeta que alguna vez recibí por estas fechas y que contenía dos imágenes: en la primera, un sujeto compungido y cariacontecido contemplaba de soslayo al probable recipiendario, mientras se imprecaba: "Este año no fui bueno como lo prometí, pero el próximo año será diferente..."

Volviendo la tarjeta, en la siguiente lámina, se apreciaba al mismo sujeto ahora distendido y jovial, que en algazara desmedida proclamaba sin ambages: "¡porque no habrán promesas!"

Digamos que soy el individuo de aquella tarjeta.

Por eso, sin más trámite y como primer número de este blog sencillo pero significativo, comenzaremos el año con dos poemas de Su Tung P'o:


EL FIN DE AÑO




Cuando un amigo inicia un viaje de mil
Leguas, estando a punto de partir,
Se demora una y otra vez. Cuando los
Hombres se separan, sienten que
Podrían no volver a verse nunca. Cuando
Un año ha pasado, ¿cómo vamos a
Encontrarlo de nuevo? Me gustaría saber
Adónde ha ido este año que acaba de
Concluir. A algún lugar allende el horizonte,
Seguro. Se ha ido como un río que
Corre hacia el este. Mis vecinos de la
Izquierda están calentando vino.
Los de la derecha están asando un grueso
Cerdo. Van a tener un día de goce
Como recompensa por todo un año de apuros.
Abandonamos el año transcurrido sin
Lamentarlo. ¿Abandonaremos tan despreocupados
Los próximos años? Todo pasa, todo se
Va y nunca vuelve la vista atrás y nosotros
Envejecemos y perdemos fuerzas.

Y este otro que reitero en el blog, del mismo autor, pero que es uno de mis favoritos:


FIN DE AÑO

Anochecer. Las nubes se dispersan
Y esfuman. El cielo está puro y frío. El
Río del Cielo gira en la Bóveda
De jade. Si esta noche no disfruto de la
Vida al máximo, el mes que viene,
El año que viene, ¿quién sabe dónde estaré?

Gracias. Y como segundo número...