sábado, 21 de septiembre de 2013

Son locos humanos calatos




Humorista nacional "Melcocha" en chirriante parodia de "loco".




"En la literatura, Martín Romaña tiene la envidiable suerte de volverse loco por un rato. En la realidad, en cambio, en Lima, la locura ingresa de a pocos en muchos ciudadanos hasta instalárseles definitivamente en la cabeza.
- Depende de cuántas personas te crean loco.
- No, hombre, la locura la decide uno mismo.
- Vamos, no seamos ingenuos, en Lima, la miseria va de la mano con la locura.
A los ricos se les va la cabeza sólo por momentos, los sectores medios se irritan por sácame estas pajas, los pobretones miran desolados la calle de sus desdichas y los pobres-pobres se empiezan a calatear. Primero se ensucian la ropa, luego el cuerpo. Primero comen en las paraditas, luego en los basurales. Primero duermen en una pensión, luego en la calle. Por último, se abandonan calatos a su suerte.

El espectáculo de los locos calatos en Lima ya no incomoda a nadie; pero a ellos su nueva condición, después de no haber podido soportar los rigores de la normalidad establecida, les da una confianza renovada, capaz de inspirar respeto vía el temor. Mientras más monstruoso mejor, mientras más largo el pelo, mientras más carca, tendrá más argumentos para fortalecer su identidad y su autoestima. ¡Ahora sí, paso a la escoria, pero arrímense bien que soy yo quien anda por acá!

El encuentro con un loco calato en la calle permite que uno cruce hacia la otra calzada y lo esquive con cierta facilidad. Un loco calato en un microbús, en cambio, resulta insólito. En una oportunidad encontré uno allí, muy bien sentado junto a la puerta trasera, completamente calato, mirándolo todo como un rey sin corona, con sus ojos limpios. El conglomerado habitual en el micro se había trasladado en masa hacia adelante. Unas niñas se sonrojaron. Otros, indiferentes, cuidaban sus espaldas de un imprevisible ataque del orate. Dos policías femeninas me informaron que ellas no podían hacer nada porque nunca se sabe a ciencia cierta si son mansos o bravos. Frente al loco calato ellas mostraban una indiferencia total.
- En ningún lado los reciben -me contaron-. No tienen familiares. Ni ellos ni los manicomios tienen plata. Los únicos que los recogen son los patrulleros, ellos sí, los esposan y se los llevan al desierto, a Ventanilla. Pero vuelven. Y no se les puede matar, tienen derechos humanos. Son locos humanos calatos.
En ese instante el loco se bajó como intuyendo el significado del murmullo en el microbús; lo hizo deprisa, acostumbrado a las jaurías, en Garcilaso de la Vega. Su asiento quedó vacío durante el recorrido de una larga cuadra hasta que trepó otro montón de gente que se puso feliz de encontrar un asiento vacío. Las miradas se diluyeron y aquel que estaba allí sentado no sintió todavía el peso de la injuria, aunque ya habían indicios terribles que se evidenciaban: los zapatos estaban algo rotos, el pantalón tenía manchas, la camisa no tenía botones. Por su rostro aparecía una barba de varios días y el pelo ceñido estaba ya sucio. La limpieza de sus ojos delataba su orgullosa decisión futura."

Mayo de 1984


Abelardo Sánchez León. 
La balada del gol perdido.
Lima: Peisa; 1993.




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